Cuando tenía 10 años o así, mi padre me abrazó y me dijo que yo era su único tesoro en la vida, pero la verdad es que nunca me he sentido como tal. Desde que tengo memoria, mi hermano mayor ha sido el favorito, el primogénito, el que lleva el mismo nombre que mi abuelo y mi padre; y ahora su hijo que está en camino. El orgullo de mi padre, el médico, el hijo perfecto. Soy la única mujer entre dos hombres, soy la hermana mediana, la oveja negra, la descarriada. Mi padre siempre se ha encargado de hacérmelo saber, incluso cuando yo era demasiado pequeña e ingenua para saber de cualquier cosa. Si alguien abusaba de mí, yo era la puta; si no obtenía buenas notas en el cole, es que «no eres tu hermano»; que si quería ser profe, «tú tienes que casarte»; y así un largo etcétera. Hace seis años decidí emigrar y venirme a España con la idea principal de alejarme del mal que mi padre siempre me ha generado, pero estando aquí descubrí que mientras habite en mi cabeza, no tengo salida.

Ayer tuve que correr a urgencias tras vomitar de forma explosiva con 39 de fiebre y resulta que di positivo en el PCR. No quise alarmar a nadie, por lo que me limité a informar a las personas con las que había estado los últimos días y mis compis de piso…. lo normal, vamos. Hoy me llama mi madre y, como buena madre, sospecha que algo me ocurre, por lo cual le confieso mi estado. Ella y mi hermano menor se unieron para darme su apoyo, hacerme reír e intentar aliviar mi malestar.
De pronto aparece mi padre y mi madre le pide que se acerque a saludarme, que estoy mal, que tengo Covid, y aquí viene la frase que me ha hecho explotar en dolor, lágrimas y pensamientos que ni siquiera sé cómo calificar. «Esta se enferma para llamar la atención. Igual si se muere no pasa nada». Corté la llamada. Mi madre me ha vuelto a llamar, pero no quiero cogerle el teléfono.