Escribo ese título tan contundente porque hay varias personas de mi entorno que, cuando se han enterado de que soy propietaria, se han enfadado conmigo. Las razones que esgrimen son diversas. Pero yo creo que todas se podrían resumir en envidia y frustración. Y yo, en realidad, lo entiendo. Porque, seamos sinceros, la situación de la vivienda en España es como para frustrarse. Muchos jóvenes se ven abocados a esperar a que se les muera algún familiar, con el consiguiente dolor que eso suele conllevar, para poder disfrutar de un piso heredado y ahorrarse los abusivos y desorbitados precios de los alquileres en las (grandes) ciudades. Pongo “grandes” entre paréntesis porque ya hace un tiempo que no son solo las grandes urbes las que tienen precios imposibles para comprar y alquilar. Como mucho, se puede aspirar a que la persona que se muere no te importe demasiado y, entonces, obtienes un piso sin muchos dolores. Pero eso pasa pocas veces.
En mi caso, por ejemplo, empecé buscando un piso en alquiler para mí sola porque, con treinta años, todo el mundo entiende que una persona puede estar harta de convivir con sus progenitores (y sus padres con ella, seguramente, que no nos ponemos en la piel de ellos, pero es bastante posible que quieran disfrutar de su jubilación en soledad). Pues bien, los precios de viviendas en alquiler eran tan nefastos que, perfectamente, un piso con ventanas a un patio interior, una sola habitación y unos treinta metros cuadrados, como mucho, podía suponer la mitad de mi sueldo. Porque, entre lo escasitos que son los sueldos y lo por las nubes que están los alquileres, las cuentas no salen. Pero es que hay un problema añadido: si haces malabares y decides alquilar ese zulo que se va a comer la mitad de tu salario mensual, sin contar suministros, más te vale hacer las cuentas pronto porque el precio es tan “bajo” que dura sin alquilar unas cuantas horas. Porque sí, un alquiler que supone medio sueldo, es bajo. Tócate los pies.
Pues bien, viendo la situación, mis padres decidieron vender una casa que tenían y que casi no usábamos (de hecho, una casa cerrada sin usar genera gastos y ningún beneficio) y prestarme ese dinero para que yo pudiera comprarme un piso. Ellos están dispuestos a que no se lo devuelva. Pero yo, desde entonces, tengo lo que yo llamo una “hipoteca intermitente”. Porque no tengo ninguna deuda con un banco que esté obligada a pagar mensualmente, sino que les voy devolviendo el dinero poco a poco, lo cual es más fácil. ¿Soy consciente de la suerte que tengo? Por supuesto. ¿Voy a pedir perdón porque me haya “caído del cielo” un piso mientras que hay gente de mi edad que no se lo puede permitir? En absoluto. Conozco a gente que tiene más suerte que yo, porque les han caído del cielo herencias más sustanciosas, de personas cuyas muertes no han supuesto demasiado dolor. Hay quien, incluso, se ha podido permitir alquilar esas propiedades y dejar de trabajar. Y estoy hablando de personas que conozco, pero si pensamos en los hijos de los ricos, seguro que tienen la vida más solucionada que yo, sin haber pegado un palo al agua.
El truco está en rodearse de gente que admire tu suerte, en lugar de generar envidia, o rencor, con una situación, la tuya, que ni les va ni les viene. Porque hay gente que vive pendiente de la vida de los demás. Y yo no digo que no se pueda sentir envidia en un momento dado. Es natural. Pero hay que saber dejar pasar ese sentimiento y no regodearse en él. Porque solo va a repercutir negativamente en quien lo siente. Yo, por mi parte, voy a estar feliz en mi piso mientras esos seres con vidas vacías, aburridas y tristes, se mueren de envidia.
