Llevo días con esta frase en la cabeza: Trabajo para pagar una vida que no disfruto.
Me levanto a las seis y media, preparo desayunos, dejo a los niños en el cole corriendo, entro a currar con el café aún quemándome la lengua y paso ocho horas mirando una pantalla que no me importa lo más mínimo. Salgo, hago compra, cenas, lavadoras, baños, deberes y cuando por fin me siento en el sofá son las diez de la noche y solo quiero dormir para volver a empezar.
Y todo eso para qué. Para pagar la hipoteca de un piso que que no me enamora pero es el que nos pudimos permitir, para mantener un coche que uso para ir a trabajar, para pagar extraescolares que me permiten seguir trabajando y para irme quince días a la playa en agosto a fingir que esto es vivir.
A veces miro a mis padres y pienso que ellos al menos veían una recompensa. Trabajaban y podían ahorrar, podían plantearse un viaje, cambiar de casa, sentir que el esfuerzo llevaba a algún sitio. Yo siento que corro en una cinta del gimnasio sin moverme del sitio.
No odio mi trabajo, tampoco lo amo. Es correcto, estable, “lo que hay”. Pero me pregunto en qué momento aceptamos que la vida adulta era esto.
Mi pareja me dice que soy una exagerada, que todo el mundo está igual, que hay que conformarse. Y justo eso es lo que más me asusta, que hayamos normalizado no disfrutar nada de lunes a viernes y vivir solo en los huequitos.
No sé si esto es una crisis de los treinta y muchos o la realidad de nuestra generación. Solo sé que me miro y pienso: estoy gastando mis mejores años para sostener una vida que no me hace feliz.
