Me encantan los tatuajes, pero odio mucho, muy fuerte, aquellos en los que solo se lee el nombre de una persona. Me da igual que la gente se dibuje lo que quiera, pero no le encuentro el sentido a eso de escribirse un nombre ahí a secas. ¿Para qué? ¿Para que todo el mundo te pregunte quién es ‘Susanita’? Bah…
Pues ahora el camándula de mi novio me dice que mi regalo de navidad va a ser ese, el tatuarse mi nombre en el pecho. Bien grande, en todo el pectoral, que se vea. De hecho le he preguntado si también le pondrá luces de neón o algo así. Qué horterada, por favor.
Le he dicho que si lo hace por mí, ni se preocupe, que yo ya sé cómo me llamo. Pero dice que no, que es una manera de demostrarme su amor. ¿Perdona? ¿Marcándote como las vacas? Nada, que le he explicado que yo no necesito que él se inyecte tinta en la piel para decir que es de mi pertenencia, entre otras cosas porque no lo es, pero no hay manera. Que dice que se va a gastar más de 200 euros en hacérselo y que voy a flipar con el diseño.
¡Pero colega! Si flipar ya estoy flipando, pero con que te gastes un cuarto de tu sueldo en esa tontería. Y se lo he dicho así de claro, ¿y si de repente me enamoro de otro y te dejo? ¿Entonces qué? ¿te arrancas la piel a tiras? Él solo se ha reído y me ha dicho que no sea agorera. Pero son cosas que pueden ocurrir, ¿no?
Es su cuerpo y su decisión, pero por lo de pronto me he quedado sin regalo de Navidad… jajajaja