Muy buenas noches. Ante todo, anticipo que soy hombre, y que no sé si en este espacio «se espera» que un hombre, y heterosexual, por más datos, haga uso activo de estas «instalaciones», de masivo o quizás exclusivo uso femenino, cual es patente comprobar. Avanzo mis disculpas si alguna de vosotras piensa que está de más mi incursión aquí.
Como ya estoy, voy al grano, aprovechando que, por otra parte, nadie tiene obligación de seguir leyendo.
Hace unos años, ya con un poco más de cuarenta quien suscribe, topé con una dirección de correo electrónico de una antigua compañera de facultad de la que estuve enamorado hasta las trancas durante un año y medio, en nuestra etapa universitaria, con resultado final insatisfactorio para mí (es decir, no me correspondió). Nunca llegamos a ser lo que se entiende por amigos, pero la parca relación que sostuvimos por aquellas aulas fue siempre cordial, sin nada llamativo positivo ni negativo. De hecho, éramos dos personas de esas que no se caracterizan por propiciar conflictos fácilmente con nadie; quizá esa afinidad de caracteres pudo tener que ver con mi fijación por ella. Puedo añadir, a la par, que unos curiosos conatos iniciales de aproximación por su parte, cuando yo apenas me había fijado en ella, abrieron la espita que desembocó en mi pasión posterior e inevitable hacia ella. Me apresuro a aclarar que nunca o casi nunca supuse entonces, y menos aún después, que tales conatos respondieran a un interés hacia mí más allá de caerle bien como compañero con quien hasta entonces había tratado francamente poco.

Acabamos la carrera, y me fui olvidando de su rastro. Cada cual iniciamos respectivas vidas y éramos aún muy jóvenes para tenerlo todo por delante. Eso sí: hasta que volví a perder la cabeza, muy intensamente, unos años después por otra señorita que también me rechazó, nunca olvidé que nuestra protagonista de este relato había constituido mi mayor fracaso afectivo, habida cuenta de tanto como la amé infructuosamente durante esos dieciocho meses. (Mediada aquella etapa, todo lo que pude «perpetrar» fue la consecución de su número de teléfono de casa -aún ni soñábamos con móviles- para llamarle el siguiente sábado por si quería que saliéramos, tal cual le anuncié al pedírselo unos pocos días antes. Llamé el sábado, pero declinó cortésmente aduciendo un plan concreto que le había surgido con sus amigas…).
Bien, la cosa es que, transcurridos cerca de veinte años desde el final de la carrera, y durante los cuales solo nos vimos una vez, en una quedada grupal de unos pocos ex compañeros/as, pocos años tras la licenciatura, y durante los cuales la había borrado de mi memoria sin mayores problemas, topé, como decía antes, con su e-mail. Era inequívoco: en él constaba su nombre completo con apellidos (y no era precisamente una «Ana López García», que pueden haber mil).
Era una dirección laboral, no personal, cual se desprendía del dominio .org de la misma. Le escribí rápido, en unas pocas líneas elaboradas, dejándole caer sutilmente quién era yo, y suponiendo que me recordaría. Tres días después llegó su respuesta, cordial, sin mayores alardes, y preguntándome al final que qué tal me iba. Dudé si esta fórmula final era mera cortesía o si me daba pie para, efectivamente, trasladarle cómo me iba. Dejé pasar unos días, y le respondí, ahondando ya un poco en mi trayectoria vital, sobre todo en lo profesional.
A esto ya no respondió durante las semanas siguientes, semanas en las que no tuve otra ocurrencia, que desde un inicio supe irrefrenable, de ir construyendo un relato en el que narrarle, tanto tiempo después, cómo me había ido fijando paulatinamente en ella, tanto tiempo atrás, un relato en el que en todo momento había de reinar la consideración, el respeto máximo y hasta la ternura, quizá apelando también a la circunstancia de que, como dije antes, jamás compartimos en aquel pasado el menor atisbo de conflicto o leve discusión. Por supuesto, tuve en todo momento presente la posible coyuntura de su perfectamente plausible condición actual de mujer casada y/o madre de hijos, o emparejada consistente (si bien, no era de esas chicas a las que me pareciera «les pegase» lo suficiente la condición maternal, incluso el formalizar un matrimonio, aunque con tanto tiempo transcurrido tales conjeturas bien podrían haber derivado hacia esas otras hipótesis).
Por mi parte, yo continuaba soltero.
*Bien, estoy observando que esta misiva se está prolongando más de lo que pretendía al inicio. Voy a pausar aquí la historia -recelando poder estar resultando demasiado plomazo o abusón de vuestra atención…- y si alguna de Vds., estimadas damas, solicita la continuidad, prometo la verteré por aquí en un muy breve lapso temporal. En tanto, que estén lo más contentas posible y descansen bien esta noche, con buena compañía al lado o, al menos, en ausencia de no deseada ídem. :-)