El otro día estaba en el parque con mi hija y se sentó a mi lado una señora bastante mayor. Empezamos a hablar de forma completamente normal.
Me preguntó cuántos años tenía la niña, si era tranquila, las típicas preguntas.
En un momento de la conversación salió que mi hija es adoptada.
Y entonces, con toda la naturalidad del mundo, me dijo:
—Bueno… ¿y no vais a tener hijos vuestros de verdad?
Me quedé completamente bloqueada.
No creo que lo dijera con mala intención. De hecho, creo que pensaba que era una pregunta normal.
Pero me dolió muchísimo.
Le respondí simplemente:
—Ella es mi hija de verdad.
La señora se quedó un poco cortada y cambió de tema, pero yo me fui a casa dándole vueltas.
Porque esa frase, aunque seguramente no pretendía hacer daño, da a entender que mi hija ocupa un lugar distinto al de un hijo biológico.
Y para mí no existe ninguna diferencia.
Mi marido y yo llevamos muchos años siendo sus padres. La hemos visto dar sus primeros pasos, decir sus primeras palabras, hemos pasado noches sin dormir, médicos, rabietas, cumpleaños… exactamente igual que cualquier otra familia.
No siento que sea «menos hija» por no haber nacido de mí.
Lo que más me impresionó fue darme cuenta de que todavía hay personas que hacen este tipo de preguntas sin ser conscientes de lo que implican.
¿Os ha pasado alguna vez algo parecido? No solo en adopción, sino con comentarios que la otra persona hace con total normalidad y que, sin embargo, te dejan un nudo en el estómago.