Nos conocimos y ardió Troya, para bien. Era la antigua normalidad, mi tercer año de vida laboral, me iba mejor que nunca y me sentía la persona más plena del mundo; fiestas, viajes, un trabajo que adoro… le conocí y encajaba a la perfección, fiestero, inteligente y está buenísimo.
Durante el confinamiento hablábamos todo el rato y cuando volvimos a vernos en aquel Junio de libertad fue como volver al primer beso.
Pasó el verano y perdí todos mis clientes a causa del covid-19, trabajaba para colegios. Pasé a trabajar seis horas a la semana y a sobrevivir con 310€ y a cumplir las restricciones en Galicia como la que más, ni familia, ni amigos, ni trabajo. Y él, ocupado por unas oposiciones compaginadas con un trabajo en una fábrica. Me apoyé en él hasta el punto de cederle toda mi felicidad, me sentí una carga, pero no sabía como solucionarlo hasta que un día me di cuenta de que eso no era sano para mi, me tome un tiempo y me reconstruí.
Hace dos días por fin se libró del examen, pero todo pinta a que seguirá con un ritmo de trabajo duro y he vuelto a esa actitud de exigencia con él, porque siento que vivo esperándole. Que vivo pensando en el día que él esté libre, en el día que no trabaje y me diga “que si a todo”, en el día que tenga tiempo para improvisar, para hacer lo que nos apetezca. Pero no parece que llegue nunca. Y esto, es una miseria. Es una vida de sacrificio para la que no estoy preparada, me duele, paso noches sin dormir y nadie tiene la culpa, pero me ahoga.

Y aunque es irracional, dudo de que me quiera, dudo de que yo le quiera, dudo de todo y me jode tener la sensación de que todo está por encima mía y nuestra, como si no tuviese ni derecho, ni poder sobre el tiempo que desearíamos pasar juntos. No pido tanto, solo no más sorpresas de quehaceres prioritarios a mi. Es una frustración enorme que me encantaría aprender a gestionar.
Vida de adulto primermundista? Que le den por culo, necesito pasar tiempo con mi pareja, sin ansiedad, sin estrés. Soy una persona muy tranquila, pero esto me supera.