Vivo en quince metros cuadrados y pago 550 € en un país, Portugal, donde el salario mínimo está en 920 €.
Me mudé a Portugal hace cuatro años y medio cuando todo el mundo decía que, todavía, era barato. Reconozco que después de vivir diez años en Madrid, en una jungla de alquileres a precios imposibles, buscar piso me generaba casi más ansiedad que un cambio de trabajo y de país.
Pero lo cierto es que encontrar casa fue más rápido y fácil de lo que esperaba. Buscaba un cuarto en piso compartido solo con una persona. Me daba igual si era chico o chica pero mejor si ya no estaba en época loca de fiestas de estudiantes. Prefería calma y ambiente de personas que curran y de plan de viernes noche en casita.
Acerté de pleno. Una habitación amplia con una pequeña terraza en piso compartido con un chico responsable. Y lo mejor de todo, por 350 €. Me pareció una idea perfecta y, si lo hubiera encontrado ahora, un milagro. Viví allí casi dos años y no me hubiera ido ni con agua caliente si no hubiera sido porque mi compañero, también propietario, se casó y necesitaba intimidad.
Así que por más que no quisiera marcharme, empecé una nueva búsqueda de casa con los precios de mercado bastante más caros. Hasta que, sorprendentemente, apareció un cuarto con baño incluido en piso compartido con 13 personas por 320 €. Lo de vivir con tanta gente me horrorizaba pero el precio era tan tentador que, en un momento de incertidumbre con un trabajo inestable, pensé que era sensato al menos intentarlo.
La fachada del edificio, muy muy descuidada, daba miedo, pero al entrar te tranquilizabas un poco porque los cuartos, a pesar de ser viejos, eran bastante grandes con la intimidad de tener baño propio, lo que los convertía en un lujazo. El área de la cocina, la única parte compartida de la casa, parecía ordenada. Se supone que alguien limpiaba todas las semanas y se notaba que todo el mundo trabajaba porque no había ni un ruido. Fue así como, sin sopesar mucho y guiándome por la rápida apariencia, decidí arriesgarme y mudarme.
A los pocos días de estar allí descubrí que nadie limpiaba nada en la cocina de forma profunda. El olor al abrir cualquier cajón para sacar una cazuela era insoportable. Ahora no sé ni cómo pude aguantar así un año, comiendo cada vez peor. Quizás me salvó dormir bien, hasta que el moho y la humedad pintaron cuadros Picasso en la pared y me costaba respirar.
Ahí decidí mudarme, preferiblemente sola, para recuperarme del trauma. Primero con un filtro de 450 € máximo, ilusa de mí, solo aparecían habitaciones cada vez más pequeñas y en apartamentos más compartidos. Hasta que me fui alejando del centro y aumenté el presupuesto a 500 € y por fin llegó mi esperanza. Un mini mini estudio de quince metros cuadrados con todo, baño y cocina incluidos. Milagro. Llamé sin pensarlo. Cuando entré me sorprendí de lo bien que estaba distribuido el espacio. Por fin cumpliría el sueño de vivir sola, en un zulo, sí, pero sin ver ni aguantar a nadie.
Así fue como acabé normalizando pagar 500€ (550 ahora que lo acaban de actualizar) por un lugar minúsculo de paredes de papel en las que se escuchan hasta los pedos del vecino, pensando que soy una afortunada porque me lo puedo permitir. Con el panorama de un país en el que el salario mínimo acaba de subir a 920 € y en una ciudad en la que ya se alquilan pisos de una habitación por más de 1400 €, casi tengo que dar gracias.
Gracias por permitirme vivir en una jaula de oro de quince quilates cuadrados que solo podré mantener con un salario por encima del mínimo y con miedo. Miedo a perder el trabajo que me permite estar aquí, miedo a tener que buscar casa otra vez, miedo a tener que compartir piso a los 36 años, miedo a malvivir, sobrevivir o simplemente a no poder en una casa digna vivir.
