Cuentan ya 6 meses desde su desaparición. Digo desaparición por tantas promesas que hizo que, no sé por qué, esperaba que se cumplieran, pero no volví a saber de él.
Se fue dejándome por controladora y mentirosa cuando, precisamente, lo que siempre ha primado en mí es la tranquilidad, la confianza, la ayuda y la sinceridad. De hecho, si tuviese que contar las mentiras dichas, él se llevaba el primer premio.
Cuentan ya 6 meses desde su partida y no había logrado olvidarlo. He rehecho mi vida, me he convertido en una mujer fuerte, independiente, pero estoy incompleta. Ni siquiera yo sé qué me falta. Trabajo, estudio, salgo con alguna amiga, como sano, voy al gimnasio, me dedico a mi gente del voluntariado. ¡Todo me va bien! ¿Qué narices me falta?
Deshacerme de la culpabilidad y de la vergüenza. Mirad. Siempre he sido una mujer tranquila. No me gustan los problemas, pero cuando siento dolor, que no es muy a menudo, cuando el desasosiego y la incomprensión están en mi cuerpo, se me nubla la razón y me puede la impulsividad.
De hecho, no solo se marchó él: se marcharon todos nuestros amigos, los comunes. Nadie quería verme ni hablarme. Intenté contactar con uno, a ver si podía explicarme algo, que no entendía nada. ¡Mi perdición! No lo hagáis jamás. No saqué nada en claro, porque quizá no quería ayudarme, y con aquello, solo hice que darme vergüenza. Falté al respeto en una desesperada intención de defenderme de algo que me estaba pasando. Me habían humillado, después de todo lo que había hecho por él, tenía que hacer algo. Desde luego, mis actos no entran en el libro de mejores reacciones. Falté al respeto en presencia de su amigo, lo oyó, lo leyó y lo supo todo y, bueno, supongo que ahora también lo sabe todo el mundo… ¡Qué vergüenza! Y lo que dije, ¡qué culpabilidad! Ni siquiera me reconozco en esa conversación. Ni siquiera sé si puedo decir que fui completamente yo. Estuvo mal. Muy mal…
Me mediqué con ansiolíticos durante un mes y medio. Estaba grogui. Mi psicólogo no entendía cómo fue que yo, siendo como soy, siendo quién soy, me hubiera degradado tanto. Ni diplomacia, ni dignidad. Las olvidé por completo. Porque no se lo merecía. Las cosas claras. Yo siempre estuve ahí para lo bueno y para lo malo… ¡aprobó la universidad porque yo le ayudé con sus exámenes y trabajos durante dos días sin dormir! Por no hablar de cuán idealizado estaba para mí. Era un Dios, inalcanzable, puro… lo era todo… era; porque no lo es, ni lo ha sido nunca, ya lo tengo claro.

Aún sabiendo que no estuvo en mis malas, ni para mí… Ni me invitaba a su cumple con la familia, ni me invitaba a quedadas en las que todos los primos iban con sus novias, ni me invitaba a verlo cumplir sus sueños, y me decía que si me molestaba la úlcera de estómago no saliera con él porque le molestaba… no sé qué me pasa que está ahí, en mi cabeza, todos los días, a todas horas. Los buenos momentos, que son con los que yo me quedaba siempre. ¡Porque podría haberme quedado con los malos! Pero no, yo me quedé con los buenos, con lo bonito, con lo que a mí me hizo feliz.
Y ahora están la preguntas de oro: ¿Cómo me quito la vergüenza? ¿Cómo me quito la ansiedad? ¿Cómo me quito la culpabilidad? ¿Cómo elimino el mirar todas las esquinas de mi ciudad, a expensas de encontrármelo? Porque, ¿sabéis qué? Vivo en la canción de Rosas, de la Oreja de Van Gogh.