Ni mi marido ni yo queremos que esas dos personas estén cerca de nuestro hijo.
Mis suegros siempre fueron falsos y tóxicos, pero era una situación manejable: se solucionaba con algún comentario a tiempo o viéndolos a solas en días concretos y poniendo límites. Sin embargo, todo cambió en el momento en que me quedé embarazada.
Di a luz durante la pandemia, lo cual, paradójicamente, pensé que me daría una excusa perfecta para mantenerlos lejos. No fue así. Tuvimos nuestra primera gran discusión con ellos justo después del parto. Sin mascarilla (pues no creían en la COVID ni en las vacunas), se acercaron a nuestra casa y exigieron ver a su nieto. Mi marido ni siquiera les abrió la puerta; no pasaron de la entrada.
A esto se sumó que justo entonces nos pilló una mudanza. Mi marido había aceptado un ascenso que no podíamos rechazar; el sueldo era casi el doble. El problema es que nos teníamos que mudar a la ciudad donde vivían mis suegros. A pesar de todo, sabíamos que nuestra vida mejoraría en nuestro antiguo piso, así que aceptamos. En fin… Éramos conscientes de que tenerlos cerca sería un problema, pero nunca imaginamos que llegaría a ser tanto.
Ignoran nuestros límites, y nuestras peticiones.
Al principio era apenas soportable; ahora, ya ni eso. El problema es que mis dos cuñadas no lo ven así: piensan que exageramos, y le quitan importancia a todo.
Por ejemplo, nosotros decidimos que nuestro hijo hiciera actividades por las tardes, las que él eligiera. Se apuntó a ballet porque le gustaba, y este año, después de saber que a un compañero le hacían bullying, nos pidió ir también a defensa personal para poder defender a la gente de los matones (así lo dijo).
Pues bien, he recibido llamadas de mi suegro diciendo que iba a convertir a mi hijo en un «sarasa» y un «maricón» por dejarlo bailar. Mi marido le ha dicho de todo, pero no ha servido de mucho.
Luego los comentarios de mi suegra a cualquier cosa que hago como madre: desde lo que le doy de comer o adónde vamos, hasta cómo le hablo o qué le permitimos hacer. Me dijo que que no le enseñábamos su lugar y su rol, porque mi hijo se recoge el plato cuando acaba de comer. Eso, al parecer es tarea de mujeres, los hombres dirigen no están de sirvientes (palabras exactas de mi suegra). Han intentado ir a recoger a mi hijo de la escuela sin nuestro consentimiento y sin decírnoslo, por suerte no están autorizados y la escuela no lo permitió.
Lo mas grave es que a mi hijo es tiene diabetes monogénica neonatal, como yo. Es una diabetes rara y hereditaria. Pero no lo supimos hasta que tuvo 8 meses porque hay un 50% de probabilidades de heredarla, sabíamos que podía tenerlo pero se confirmó con 8 meses. Hasta entonces, la pediatra nos había dicho que siguiéramos la alimentanción normal de cualquier bebé. Pues en una comida con ellos, me descuidé dos minutos, y mi suegra le estaba dando leche condensada a cucharadas. Lo vi a tiempo y la visita a urgencias evitó daños graves. Solo tenía 6 meses! Mi marido y yo nos enfadamos muchísimo y les dijimos cuatro cosas. Y ella soltó: Es un niño, déjalo que disfrute, con tus tonterías de no darle azúcar los vas a volver débil y no se va a hacer un hombre.
Desde ese momento supimos que las visitas iban a ser reducidas el mínimo. Dos veces al año y ya y nuestro hijo está siempre supervisado, siempre… Pero no sirvió ese limite de dos veces. Llaman a todas horas, hasta 10 veces seguidas hasta que lo cogemos. Procuran interceptarmos en la calle, o a la salida del colegio, siempre con gente delante para que no podamos decirles nada.
La última vez que los vimos fue ahora para Samaín. El niño iba disfrazado y estaba muy contento porque había ido al pueblo con mis padres para tallar nabos y calabazas en la plaza.
Nos encontramos a mi suegra de frente. Mi hijo ya no quiso saludarla y, por supuesto, no lo voy a obligar. Ella se ofendió, lo llamó malcriado y consentido, y soltó varias lindezas allí en medio de la calle: que si mi hijo celebraba «americanadas estúpidas», que si le permitíamos vestirse «como un travesti», que no le inculcábamos valores de los de verdad… de todo.
Sin decir nada más, le sonreí a mi suegra tranquilamente y me fui.
En cuanto se lo conté a mi marido, lo primero que dijo fue que no los quería ver más. Que había llegado a su límite y que, si no dejaban de «encontrarse» con nosotros y llamarnos, que les pondría una denuncia en la policía. Lo que no tenemos claro es si dejar de lado también a sus hermanas o no. No son como los padres, pero si no ven el problema, son parte de el… O eso creo.
En fin… Gracias por todo.
