Se ha acabado. Lo he decidido yo. Yo, a la que siempre han dejado con pocas palabras, indiferencias, vacíos y malos gestos. Yo, que nunca pensé que diría que duele más dejar, a que te dejen. Aquí estoy, abriendo un poco el pecho e intentando levantar la cabeza.
Nuestra relación fue estupenda, ya sabéis de eso que te sientes como en casa. No era mi hombre ideal. Ni falta. Nos reíamos disfrutábamos y nos hacíamos compañía. Con él sentí por primera vez el compromiso y la intimidad. Lo voy a echar de menos.
El tiempo, igualmente, siempre decide hacer de las suyas. Eros nos atrajo con una fuerza pasmosa, era como si tuviéramos que estar juntos, juntos todo se desvanecía y era más fácil vivir, dejábamos de pensar. Y eso fue lo que pasó. Al final el corazón se resiente si vas como pollo sin cabeza. Das demasiado, te comunicas de menos, intentas volver a lo que fué. Quizás el final de la etapa del enamoramiento me hizo darme cuenta de que no era la persona con la que me veía en el futuro, que necesitaba más de unas cosas y menos de otras, que todo el amor que sentía por él era amor que me había quitado a mí misma, que todo el cuidado que había puesto en la relación, era cuidado que me había quitado a mi misma. O quizás simplemente, uno crece y hace, y los caminos se separan y, aquella persona que era como un espejo, su reflejo se difumina y su camino se aleja. De pronto, la vida compartida parece vacía, extraña, sin ser suficiente solo contigo misma pero sin encajar del todo con los dos.
Yo quise luchar por mi amor, y luché. Empecé a autocuidarme, empecé a hablar y has busqué ayuda profesional. Nuestra comunicación siempre fue buena, pero nos faltó confianza en nosotros mismos: «oye, no quiero esto; me molesta esto; deja de hacerme sentir así». Tras muchas conversaciones, solo ante el útlimatum él se vió con fuerzas para cambiar aquellas cosas que no funcionaban. Pero ya era tarde.
Me sentía sola, perdida e inmersa en una vida que yo misma había decidido pero que no era la que realmente quería. Y creo que siempre lo supe: siempre quise a mi pareja y siempre quise estar con ella, pero no la vida que nos montamos aquella que me vi condicionada a construir. Hacer mi vida en torno a alguien que no era yo, me acabó pasando factura. He tenido que dejar a un ser que me complementaba, con sus defectos: vago, egocéntrico, y algo pasota, y con sus virtudes: amable, bueno, cariñoso, divertido; pero que, en último término, no me hacía feliz. Y esto es lo malo: él no me tenía que hacer feliz, era yo misma la que debía.
Y ahora empiezo, en esta búsqueda del amor propio, en este saber encontrarse en el mundo sola, pero nunca en soledad. Levantar la cabeza para curar las heridas, aprendiendo a perdonar.
No os voy a engañar, mi pareja, bueno ex, me hizo mucho daño, un daño leve pero incesante y latente a lo largo de los años: no quiso acompañarme en momentos vitales importantes para mí, ni tampoco en el día a día; dió por sentado una relación y una vida que no me hacía feliz, aún sabiéndolo no supo echarme una mano para solucionar la situación, para poder seguir junto. O quizás fue cosa mía, y no lo supe transmitir. A saber yo tampoco lo hice bien: hablé demasiado tarde, no supe entender mis sentimientos, y ahora la herida es más grande.
La vida supongo, nos pone estos baches para poder crecer.
En mi nueva etapa espero, pensar menos en mí en relación con los demás, dejar de proyectar hacia el futuro, vivir más el presente y entenderme y aceptarme.
Tuve una pareja que me quiso y me aceptó cuando yo no pude, pero no supo ver más allá de mí: yo estaba ahí y eso le era suficiente.
Las parejas se cuidan, porque luego te das cuenta que, vivir con el que pensabas que era tu compañero de vida, no te llena de alegría, ni si quiera te pone contenta, sino que se te cae una lágrima de vez en cuando y no te apetece levantarte por las mañanas.
Dicen que es el desamor. Yo no lo tengo claro, el amor se mantiene con trabajo no solo con sentimientos. Pero cuando no hay fuerzas, cuando tenemos ansiedad, no podemos dormir o comer, hay que escuchar al cuerpo. Parar. Pensar. Y, aceptar el mal menor con vistas a un futuro próximo, quizás, esperemos, un poquito mejor.
Parece mentira, dejar a alguien es dejar una vida: lugares, amigos, rutinas.
Espero que nunca paséis por algo así, y si lo hacéis pues bueno, no hay otra. Si alguna ha pasado algo así, que comparta experiencia.
Gracias.
Pd: el foro este me ayudó mucho en momentos de duda, por si las cosas de las que me quejaba eran tonterías o aquello que me hacia sentir mal estaba justificado. Todo con nombres distintos, me da vergüenza que me relacionaráis y pensarais: ¡qué pesada! Gracias por mantener tan bien el anonimato, gente de la web. Poco a poco, con el conocimiento y la experiencia de tal variopinto grupo, y alguna que otra mala y amargada persona, he podido entender la complejidad de las relaciones. Gracias.