Mea culpa. Soy la tóxica que le husmea el móvil a todo aquel que cae cerca. De pequeña, abría los candados a los diarios ajenos para enterarme de quién estaba por quién. Sí, soy de esa lejana época en la que escribíamos un diario y echábamos un candado. ¿Por qué lo hacía? Por la necesidad de saber qué pasaba en la cabeza de la gente de mi alrededor. Me encantaba saber que mi prima estaba loca por su vecino, que mi mejor amiga estaba enamorada de nuestro amigo Alberto o que mi hermana no sabía dar un beso y practicaba con su mano. Y sí, es algo que sabía también por ellas mismas en muchos casos, pero me encantaba leerlo.
Sé que está mal, pero no puedo dejar de hacerlo. Es el mero cotilleo, el ver cómo lo ponen en palabras que quizá no expresarían tal cual cuando lo cuentan y el morbo de ser pillada. ¿Para terapia? Sí, pero lo dejaré para otro momento en el que tenga pasta. La idea es que entendáis por qué le miré el móvil a mi novio y no me arrepiento en absoluto.
Con la llegada de los móviles, los diarios ya no tenían ningún sentido porque ya había crecido. Así que pasé a cotillear el antiguo Tuenti de mis amigas (todas teníamos la clave de todas) y luego, con los años, lo intenté con los Instagram (esto era más difícil) y los móviles.
La clave de espiar un móvil nivel pro es fijarte bien en la clave o pedirla como si nada para algo “imprescindible” como una búsqueda existencial en un momento en el que estás sin tu móvil cerca. Y así, si tienes buena memoria, retienes en tu cabecita la llave de entrada y te la guardas para cuando haya una oportunidad.
Soy una red flag en toda regla. Pero eso mi exnovio no lo sabía. Así que, cuando ya llevábamos unos meses, hice una de mis técnicas ninja para reconocimiento de claves ajenas y funcionó. Clave: 5595. No se comió mucho la cabeza y a mí me lo puso fácil.
Cuando se despistaba lanzaba un 5595 y le husmeaba. Primero, Instagram. Luego, WhatsApp y, si había tiempo, echaba un vistazo al correo. Así, leía algunas conversaciones con antiguos ligues, pero nada que en el presente tuviera relevancia, las marranadas de sus colegas (muchos vídeos guarros, fotos de sus mierdas, vamos, sus cagadas, literalmente hablando y alguna confesión entre ellos, pero nunca nada de mi chico) y, ya de paso, ojeaba los chats que salían en primer lugar para así “estar al día”.
No sabéis lo que se aprende de alguien: gustos, miedos y, obviamente, secretos. Pues en uno de esos chats aparentemente inofensivo encontré una conversación con Raúl, su amigo desde la escuela infantil. Todo muy críptico, pero daba mucho juego: “Otro 16 de junio. Otro más…” y la contestación de mi novio: “Ojalá nunca”.
Parecía eso sacado de una novela. Y mi vena detectivesca quería más, pero no había en el chat ninguna referencia. Eso sí, todos los 16 de junio que había registrados había un mensaje de ese tipo… Así que no tuve más que tirar de preguntas.
Cenando, le pregunté a mi chico que qué día era. Me dijo que 17 de junio y le dije: “Vaya… ayer fue un día especial y se me pasó por completo que era 16 de junio, con esto del trabajo…”. Se quedó mirándome extrañado, sin saber si seguir preguntándome o dejarlo ahí. Lo dejó.
Y no pude evitarlo. “¿Para ti no es especial esa fecha?”. Me preguntó que cómo lo sabía. Fui medio sincera: le dije que me había saltado un mensaje de su amigo Raúl mientras echaba un vistazo a la hora. Y entonces se derrumbó.
Me contó todo. Un 16 de junio de hacía 15 años una compañera suya de instituto se había suicidado. Fue un drama para todos. Lo hizo porque empezaron a rular unas fotos que su novio (Raúl) le había hecho y se habían pasado todos por correo electrónico. Ella no pudo con la presión ni ellos con la culpa. Porque sí: todos habían visto las fotos que Raúl había pasado.
Y ahí fue cuando mi novio entendió que necesitaba terapia para sanar esa culpabilidad y yo para evitar mis intrusiones en la intimidad ajena. Desde hace más de seis meses vamos a terapia de manera individual. Y no me arrepiento de haber cotilleado su móvil porque, probablemente, nunca habríamos hablado de lo que le pasó. De lo que sí que me arrepiento es de haber leído mensajes que no iban dirigidos a mí para suplir necesidades que, poco a poco, se van curando.
