Desde siempre he sido una amante de los animales, por eso cuando me llamaron para trabajar en un refugio, me encantó la idea.
Tenía puesto un anuncio en varios sitios para pasear perros y encargarme de los animales domésticos cuando los dueños estaban trabajando o de vacaciones. A través de ese anuncio, aquella mujer encontró mi teléfono y me llamó para ofrecerme, según ella, “la oportunidad de mi vida”.
Me ofrecía alojamiento y manutención a cambio de un trabajo sencillo, cuidar a los animales sin hogar que tenía acogidos en su finca, situada en Málaga. Me pareció un plan perfecto. No tenía problemas para mudarme, tendría casa gratis, me dejaba un coche y la playa a unos pocos kilómetros. Y encima me encargaría de cuidar animales, algo que me encantaba. No le ví lagunas al plan, hasta que llegué allí…
La primera imagen que me golpeó fue la de perros y gatos enjaulados en espacios diminutos, apenas un metro cuadrado, donde permanecían durante semanas. Estos animales, sociables por naturaleza, tenían hectáreas de terreno a su disposición, pero estaban condenados a la reclusión. Las cinco hectáreas disponibles no eran un paraíso; eran un campo de minas de excrementos de perros con diarrea.

El refugio estaba lleno de mantas rotas y orinadas, infestadas de pulgas y garrapatas, esparcidas sin orden ni vigilancia, que algunos perros, sobre todo cachorros, ingerían provocándoles obstrucciones intestinales.
Setenta animales vivían en completa soledad, sin los cuidados necesarios para una salud física y emocional medianamente estable. La negligencia era palpable en cada rincón. Los comederos y bebederos estaban sucios, sin una gota de jabón para desinfectarlos. Los animales enfermos no recibían atención veterinaria, y sus gemidos de dolor resonaban en todo el lugar. Ver cómo gruñían y jadeaban por el dolor insoportable me rompía el corazón.
En uno de los armarios, encontré medicamentos caducados que se seguían administrando sin ningún tipo de reparo. En el suelo había vómitos con sangre, testigos mudos del sufrimiento de perros que ya habían fallecido.
La situación de los gatos era igualmente desesperante. Ocho de ellos estaban encerrados en una habitación de tres metros cuadrados, donde el bebedero de agua se mezclaba con la caja de arena llena de orina y heces infestadas de parásitos.

La ubicación del refugio también era problemática. Estaba rodeado de un coto de caza, y de octubre a marzo, los animales vivían en constante estado de ansiedad por los disparos que resonaban a su alrededor. En algunas ocasiones, esos disparos habían alcanzado a los animales, incrementando su sufrimiento.
La dueña del refugio mostraba claros signos de padecer el síndrome de Diógenes y el síndrome de Noé. Acumulaba animales y objetos en condiciones pésimas, creando un entorno absolutamente inhabitable para cualquier ser vivo.
Cada día en aquel lugar era una lucha contra la desesperación. Traté de mejorar las condiciones lo mejor que pude. Limpié jaulas, desinfecté comederos, y busqué la manera de proporcionar algo de confort a esos pobres animales. Sin embargo, el problema era mucho más grande de lo que una sola persona podía manejar.
Decidí denunciar las condiciones del refugio. La salud y el bienestar de esos animales no podían seguir siendo ignorados. Las autoridades intervinieron, y aunque no fue un proceso inmediato, logramos que los animales fueran trasladados a instalaciones adecuadas donde finalmente recibieron el cuidado que merecían.
Mi experiencia en esa protectora de animales fue una dura lección sobre la realidad de algunos refugios y la importancia de la supervisión adecuada. A pesar de lo traumático que fue, me alegro de haber pasado allí unos días y haber visto la situación de aquellos animales, porque gracias a eso pude aportar mi granito de arena para solucionarlo.
Anónimo
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