Si no recurro al tópico de la “loca de los gatos” es por las connotaciones negativas que tiene, pero reúne bastantes requisitos como para ser catalogada como tal. Ella es esclava de sus gatos. Y lo peor es que ni siquiera son suyos, son de la colonia del sitio en el que vive. Estas son las seis cosas más raras que he visto hacer con gatos callejeros.
1. Los deja entrar a casa y ocupar sus textiles, incluyendo la cama
Los gatos han ocupado su espacio sin que ella ponga ningún límite. Entran y salen cuando quieren, se acuestan donde quieren. Si es su cama, pues es su cama. Cree que la colcha exterior es suficiente barrera para las pulgas, y ahí los deja durmiendo toda la mañana o la tarde.
Se tuvo que comprar mosquiteras de quita y pon porque los gatos se dedicaban a arañarlas para entrar, por ejemplo, en lugar de mantenerse firme y echarlos siempre que entraran para que no ocuparan su espacio.

2. Soporta tu “acoso”
Cuando están fuera, se apostan en sus ventanas y observan el interior, esperando a que ella aparezca para dejarlos entrar. Están ahí, al acecho todo el día, como al final de la película Los pájaros. Y, como ella les acaba abriendo, sus guardias pueden durar horas y horas. A veces, debe de resultar escalofriante sentirse observada todo el tiempo.
3. Les da su comida
No me refiero a sus sobras, me refiero a cosas como jamón o pavo que compra para ella y su pareja, pero que acaba echándole a sus gatos para que acepten salir de su casa. Porque, si no es con el estímulo de la comida, no se irían. Eso aparte de todo el pienso para gatos, patés y snacks que compra, cuando los gatos ni siquiera son suyos.
4. Se gasta en veterinarios dinero que no tiene
Ella, que nunca ha tenido una economía muy boyante, se ha llegado a gastar 180 € en un gato callejero. El animal llegó un día sin apenas movilidad, probablemente buscando un sitio confortable en el que pasar sus últimas horas de vida. Ella, apenada, lo llevó al veterinario más cercano. El hombre fue comprensivo y le hizo lo mínimo que podía hacerle, considerando la limitación económica y que el gato no tiene dueño. Pero entre pruebas para dar con lo que tenía y descartar, la factura para salvar al gato fue la que fue. Luego se queja cuando tiene una boda.

5. Da por saco al ayuntamiento para llevarlos a castrar
En alianza con una vecina “peleona”, han conseguido castrar a cuatro gatitas que le han costado el dinero a las arcas públicas. Desde que entró en vigor la Ley de Bienestar Animal se pueden solicitar estos servicios para el control de colonias, y ellas han movido todo lo movible para lograrlo.
Así que, con los papeles del ayuntamiento en la mano, ella ya ha perdido varios días de trabajo casi completos para llevar a castrar gatas a un centro veterinario que ni siquiera está cerca de donde vive, pero tiene convenio con la Administración.
6. Los abraza y besa continuamente
Se dirige a ellos con una vocecita aguda desquiciante y, cuando los animalitos están desprevenidos, los atrapa, los espachurra entre sus brazos y les da besitos en la cabeza o el cuello. Ni que decir tiene que hay algunos que se pasan días sin dejarse caer por la casa, y vienen apestando a cuadra y llenos de pulgas o garrapatas. A veces les pone pipeta, pero ni eso los libran de bichos. Alguna vez ha llegado con múltiples picaduras rojas sospechosas. Pero, como todo lo demás, lo considera un mal menor.
Bueno, es hora de confesar: esa amiga soy yo. Sí, todo esto y más es lo que hago con cuatro de los gatos que conforman la colonia del sitio en el que vivo, y hay otros cuatro que no entran en casa, pero a los que también alimentamos. Son colonias controladas a las que cuidamos como podemos entre nosotros y otros vecinos, incluyendo la castración y el control de parásitos. Lo mismo sucede en tantos otros lugares, no es que seamos especiales, pero es cierto que yo les pongo pocos límites. Si no los adopto es porque paso largas temporadas fuera de casa y no me los puedo llevar, pero ellos se quedan bien cuidados por los vecinos entre porches, terrazas y cobertizos.
A mi entorno le resulta difícil de entender por lo excesivo, rozando lo ridículo. Supongo que cada cual encaja las rarezas y los amores por conveniencia como puede.