Yo sabía que el tabaco mata, y perjudica a los que me rodean, y me hace pobre, pero que por culpa de mi adicción al tabaco perdería la oportunidad de ser (muy) rica y de solucionarme la vida a mí y a los que me rodean… Para eso no estaba preparada.
Resulta que fui con el dinero justo para comprar un cartón de tabaco aquí en Canarias (en aquel momento eran 25 euros, ahora no sé porque ya no fumo). Lourdes, la estanquera de mi barrio era muy conocida, así que estuve un buen rato de charleta antes de hacer la compra. Era junio, pero ya se vendía lotería de Navidad, y me ofreció un décimo.
Yo, que había salido con lo justo y sin tarjeta de crédito ni nada, le dije que no, que iba con el dinero justo para mi cartón de tabaco y fuera. Todavía me dio la oportunidad de guardármelo, lo cual me pareció incluso un poco impertinente por su parte, y yo le dije que no, que no quería lotería. Lo gracioso, por decir algo, es que llegué a tocar el décimo con mis propias manos. Me fui a casa con mi cartón debajo del brazo y no volví a pensar en el gordo de Navidad, lógicamente.
El 22 de diciembre, en el curro, todo el mundo estaba pendiente del gordo, y haciendo el típico comentario que se hace de que hay que coger décimo de los sitios donde más sueles ir porque luego si toca y todo el mundo se forra menos tú, bla bla bla, lo típico. Yo, bien chula, les dije que ya no cogía de ningún sitio y me ahorraba esa pasta, que total, era dinero que iba a la basura directamente.

Cuando volvía a casa, donde vivía con mis padres, el gordo todavía no había salido, pero al llegar a mi portal, noté un estruendo de gente gritando, como cuando hay un partido y marca gol España o algo así, y me sorprendió porque no eran horas de partido de fútbol, pero bueno.
Al abrir la puerta de casa, me encontré a mis padres mirando la tele, con lágrimas en los ojos, y en la tele una conexión en directo con la típica escena de gente en la calle con botellas de champán, saltando de alegría, cantando, gritando, llorando de alegría… Así a bote pronto me pareció una reacción un tanto exagerada por parte de mis padres, puesto que lo normal es que no te toque una mierda, pero bueno, no sabía cuánto habían invertido en la tontería.
Pero enseguida empecé a reconocer algunas caras conocidas en la tele: eran todos vecinos. Poco a poco, más y más gente del barrio comenzaba a llenar la pantalla, y cuando por fin visualicé el fondo… ahí estaba, la puerta del estanco.
Acto seguido se pusieron a entrevistar a Lourdes, que estaba contenta pero desencajada, y entonces fue cuando me vino, segundo por segundo, fotograma por fotograma, la escena vivida en junio. Me senté en el sofá y me eché las manos a la cabeza. Mis padres me miraron sorprendidos porque saben que no suelo comprar lotería y que no me va la vida en ello.

Pensé en contarles lo que me había pasado pero preferí no decirles nada y ahorrarles el disgusto añadido, pero entonces fue cuando a la maja de la Lourdes le preguntaron por alguna “anécdota o chascarrillo” relacionado con el gordo, y va y suelta “pues desde aquí quiero mandarle un abrazo muy fuerte a mi amiga Julita porque seguro que está muy disgustada, que no quiso llevarse un décimo y no sabe lo que me estoy acordando de ella”.
Siendo yo la única Julita del barrio, desde luego, no cupo ninguna duda, y mis padres se giraron hacia mí y lloramos todos a la vez durante un buen rato.
Julia.