Hace unos días mientras leía un artículo de opinión sobre por qué a las mujeres son a las únicas a las que se nos recuerda todo el rato nuestra edad y se nos presiona para tener bebés lo antes posible porque: “Los hombres pueden a cualquier edad, pero nosotras nos marchitamos antes, bla, bla, bla…” Como si la calidad de los espermatozoides no importase nada en el proceso. En fin, mientras estaba leyendo esto, me acordé de algo que me pasó hace muchos años, cuando tenía 23 (a veces ni me acuerdo de que no nací adulta).
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Ese día estaba súper contenta porque por fin había conseguido un contrato en una empresa en la que llevaba esperando trabajar hace años (ingenua de mí, pero eso ya os lo contaré en otra ocasión). Tuve que ir hasta Barcelona, dónde se encontraba la sede para firmar el contrato por razones burocráticas y mi pareja y yo aprovechamos para hacer el viaje juntos y poder hacer un poquito de turismo después, rollo viajecillo de enamorados.
Salimos pronto ese día porque estaba como a 2h desde dónde vivíamos entonces. Llegamos puntuales, entregué la documentación, firmé el contrato y, por fin, formaba parte de la población activa de nuevo. Bueno, transcurrido el periplo por el panorama laboral no tan actual, pero igualmente horrible; decidimos caminar un rato por la ciudad para conocerla, ya que no habíamos estado mucho por allí. Vimos monumentos (todos los que se podían visitar gratis), hicimos un tour gratuito con propina al guía, y comimos en un restaurante que había por la zona porque ya estábamos reventados y muertos de hambre. Por la tarde, nos acercamos a un centro comercial para hacer algunas compras, nos tomamos un granizado y decidimos que ya era hora de volver a casa porque, aunque parezca mentira, después de todo el palizón de día que llevábamos, 2h de coche se hacían largas solo de imaginarlas.
Y cuando estábamos yendo hacia el coche que estaba aparcado en la calle, vimos que había una captadora de una ONG intentando recaudar fondos para una de sus causas benéficas. Por no meternos en fregaos’ parafrasearé el nombre de la ONG y diremos que se llama: Ayudemos a los chiquillos. En ese momento vemos que se acerca a nosotros y por supuesto nos paramos para contribuir y que nos contase un poco, ya no sólo por empatía con la causa, sino que también por empatía con ella, ya que normalmente estas personas se pasan horas durante el día al Sol viendo como mucha gente pasa de largo y ni si quiera los mira. Total, para no alargarlo más, la conversación transcurrió tal que así:
- Chica ONG: ¿Cuántos años tenéis pareja?
- Yo: 23.
- Mi pareja: 29.
- Chica ONG: Pues tú, chico no los aparentas, pareces mucho más joven. ¿Y tenéis hijos?
- Yo: No (tono de mosqueada por no alabar mi lozanía y cara de culo que habla por sí sola).
- Chica ONG: Pues a él le quedan bastantes años aún, pero a ti se te va a pasar el arroz en breves, igual deberíais poneros a ello ya, que, además, a veces cuesta y lo más divertido siempre es intentarlo jajajaja.
En ese momento mi pareja ve cómo me enciendo y antes de que diga nada me da media vuelta y suelta:
- Bueno adiós, tenemos prisa.
Y nos fuimos de allí conmigo queriendo volver para decirle 4 cosas y con una ira que ni Daenerys Targaryen en su momento “más lúcido” y con él descojonándose por el camino. Por supuesto a él también la cayó una buena por no dejarme responderle y encima reírse de la situación cuando sabía que lo que acababa de pasar era profundamente machista.
Y así fue como después de esa experiencia jamás colaboré con esa ONG (sé que los chiquillos no tienen la culpa, pero es que solo leerlo me enciendo) y como un día que para mí había sido genial y de relax, se convirtió en odio, rencor y yéndome a casa con un cabreo de 2 pares de narices por la opinión de una chica (que encima aparentaba mi edad) que no me conocía de nada, que no le había pedido y que pretendía que colaborásemos con la asociación con semejante comentario. A mí me cabreó, pero al día siguiente ya estaba a otra cosa, pero y si da con alguien que lo está intentando y no puede o que ha tenido alguna experiencia traumática relacionada con ese tema. La gente debe aprender que existen límites y que su opinión no es como unos cachorritos, que los quiere todo el mundo, sino que es completamente prescindible para la mayoría de las personas de la sociedad, sobre todo si no te la piden. Y pensar la cantidad de gente que acabamos acudiendo a un profesional de la salud mental por personas así…
La malquerida.