«El pollo está volando dentro del horno»; «se queman las lentejas»; «hay un cocodrilo en mi estómago»; «tengo que ir a salvar a los delfines» (mientras buscaba a tientas unas chanclas por la habitación); «está llorando el bebé» (caminando por un pasillo como Samara)… Esas son algunas de mis grandes citas sonámbula. Sin duda mis favoritas son la vez que alegué que los elefantes de un zoo que íbamos a visitar me iban a hacer bullying porque mi nariz es muy pequeña y cuando dije a una amiga que intentaba despertarme «apaga el mundo».
Imaginaos la de conversaciones graciosas que han surgido alrededor de estos grandes momentos: excepto una compañera de piso (y gran amiga), que tenía mucho temor cuando me levantaba, para la mayoría de la gente estos episodios son graciosos. Incluso yo me río e intento normalizar esta condición mía quitándole importancia, pero hubo muchos momentos de mucho miedo.
El sonambulismo es un trastorno de sueño lento profundo, en el que estás en un limbo entre el sueño y la vigilia. El área motora despierta, pero la cognitiva y la memoria no. Así que te levantas por la mañana y, si has tenido un episodio, mientras desayunas te cuentan todo lo que has hecho y que tú no recuerdas: una incertidumbre absoluta. Eres capaz de hacer todo lo que sabes hacer despierto; por ejemplo, no hay pestillo que sepas abrir que te pueda frenar aunque vayas como un zombi.
Y poco a poco conoces tus condiciones: el estrés, la fatiga o la falta de reposo lo motivan; en mi caso es raro que me pase en lugares que no son mi casa o que considere míos; es difícil que me pase también si estoy muy cansada y caigo k. o., pero no por falta de sueño sino porque el día ha sido muy exigente físicamente; y también es complicado que pase más de tres veces al mes. Y también aprendes a cuidarte: solo duermes con personas en las que confías, te quitas posibles obstáculos contra los que puedes chocar si te levantas, duermes lejos de la puerta, estableces palabras de seguridad para identificarte despierta (a mí eso me ha funcionado, pero quizás a otra gente no, porque al saberlas despiertos pueden recordarlas)…
Conocí en una ocasión a una chica que descubrió que había mantenido relaciones sexuales con su pareja porque se despertó de pronto, y él acabó reconociendo que sabía que estaba sonámbula porque «no quería despertarla de golpe y le pasara algo» (mito que desmentiré más tarde). Vamos, que abusó de ella, a diferencia de como estaba ella, conscientemente. Aquella confesión me provocó terror absoluto y me generó insomnio mucho tiempo; empecé a imaginar todo aquello que podía hacer o de lo que se podían aprovechar y no quería dormirme, y cuando lo hacía soñaba esas cosas horribles. Aún es algo que a veces comento en terapia.
Y fue en la psicóloga donde aprendí cosas como que, mientras que entre el 5 % y el 15 % de los niños pueden ser sonámbulos (puede ser parte de su desarrollo cerebral y nervioso), entre los adultos solo afecta a entre el 1 % y el 1,5 % de forma activa; también me enteré de que ser sonámbulo de mayor se debe en muchas ocasiones a algún trauma que mantiene tu amígdala en modo supervivencia; o también que es un mito que despertarnos sea peligroso, lo realmente dañino es la desorientación o el desconcierto que sufrimos al volver en nosotros mismos (por ejemplo, si camino por una cornisa no me despiertes sin bajarme antes, porque del susto igual me caigo).
La primera vez que recuerdo despertarme estaba con mi madre en la cocina; ella intentaba que volviera a la cama, pero yo daba vueltas a una cucharilla en una taza vacía que aseguraba que era un Cola Cao, y ese día no supe lo mucho que iba a influir en mi vida. Está muy bien que normalicemos y nos riamos de las batallitas nocturnas, solo si la persona ha superado ese sentimiento de humillación o vergüenza que puede generar, pero no olvidemos que puede que esa persona sufra el tener miedo de que su propio cerebro le sabotee sin dejar recuerdo alguno. Yo personalmente soy incapaz de vivir con ese pánico dentro que, cuando me he dejado llevar por él, solo me ha metido en un bucle infinito de estrés y episodios, así que, como sabiamente me recomendé sonámbula: apagué ese mundo.
Dalia Suárez