No me quiero casar. Claro que quiero celebrar mi amor con una gran fiesta, comida a montones, barra libre y todos mis seres queridos juntos, pero no quiero que me tengan que dar dinero por una cuestión social; y esto es una diatriba enorme porque obviamente amaría ese día, pero es que no lo puedo pagar y no quiero que me lo paguen.

Hoy en día ser invitado a una boda es sinónimo de que te llegue un recibo muy gordo: el vestido porque quieres ir guapa, los tacones si lo aguantas, la peluquería si te lo puedes permitir, el desplazamiento… y el regalo. El puto regalo para el que tienes que ahorrar y pagar por cubrir el cubierto porque, si no, eres «una persona muy rata»; pues no, lo que soy es pobre, y aunque se hace por convención social parece más obligatorio que la dote que pagaba la familia de la novia a la del novio en el Medievo.

Mis padres, y me consta que otras familias, se casaron y lo celebraron con 15 familiares en un restaurante no muy caro al que no solían ir (por eso de hacerlo especial…) y recibieron batidoras, electrodomésticos y muebles para su nueva vida, tampoco mucho, solo lo que la familia pudo echar una mano para empezar. Ahora esa ayuda se ha convertido en un impuesto de asistencia que se entrega en transferencia o en un sobre decorado.

He tenido mucha suerte porque los amigos que, hasta ahora, me han invitado a su ceremonia han sido muy comprensivos con la situación financiera de cada uno y solo se han casado porque podían costearlo ellos de antemano. Los que se han puesto más estrictos solo han demostrado no ser mis amigos: no me querían en sus fiestas genuinamente, solo me usaban como herramienta para pagarla.

Y por eso no me quiero casar, porque la invitación a mi boda quiero que sea un motivo de felicidad y no que sea un compromiso de empeñar un riñón; porque para mí la competición de qué enlace es mejor según su photocall o su buffet libre de hamburguesitas a las 4 de la mañana me parece un mierdón si no lo puedo compartir con aquellos a quienes quiero, y para que sea así, debería yo poder pagarme mi propia fiesta (no es el caso).

El amor es precioso y digno de festejo, pero quiero tener un nudo en el estómago de la emoción y no porque tenga mi cuenta bancaria temblando, tanto como novia como invitada. No quiero ser más hipócrita que la persona que te invita únicamente para que le pagues, no quiero quejarme de bodas ajenas y luego dejar el datáfono sobre las mesas de los comensales en la mía.

Encima, y quizás esta información interese a todos los recién casados, ahora hay un nuevo invitado al banquete: Hacienda. Resulta que de un tiempo a esta parte esos ingresos masivos en los enlaces matrimoniales han dejado de pasar desapercibidos y a partir de 2026 serán donaciones que hay que declarar. Los números ya no son redondos, el precio del cubierto aumenta si le cobras «lo que te van a quitar» del mismo, al invitado. Vivimos en un país que se nutre de los impuestos, vamos a la escuela, nos atienden en el hospital, se construyen infraestructuras… y no creo que el negocio nupcial que puede realizarse deba ser una zona franca libre de impuestos.

Así que si no puedes (puedo) pagarte (pagarme) la boda de tus (mis) sueños, hay que bajar el nivel de la fiesta, no obligar a tu entorno a financiarla ni culpar al Estado por aplicar las leyes. Por mi parte no hay más drama, mi amor no necesita fotomatón, detalles genéricos para los invitados ni horquillas tanto para rubias como para morenas en el baño (aunque me pareciese un detallazo en su momento). Si algún día celebro mi amor con letras mayúsculas será en un prado con pizza a domicilio, Coca-Cola y cerveza frías y la felicidad genuina compartida, nada de microcréditos por verme sonreír.

Dalia Suárez