No quiero tener hijos.
Y antes de que alguien saque el famoso listado de todas las razones por las que me estoy equivocando en esta afirmación, os lo repito: no quiero tener hijos. No creo que sea un concepto tan difícil de entender.
Es decirlo y empieza la intervención: que cómo no voy a tener hijos, que un hijo es lo más bonito que te puede pasar, que no sabes lo que es el amor de verdad hasta que eres madre, que quién me va a cuidar cuando sea mayor, que ya veré cuando todas mis amigas empiecen a tenerlos, que luego será tarde, que me voy a arrepentir.
Por favor, calmaos.
Me habéis metido miedo, no me habéis convencido
De tanto repetir la cantinela de todo lo que supuestamente me voy a perder, conseguís que dude. No porque de repente quiera tener hijos, sino porque me metéis miedo. Me dejáis con la cabeza llena de preguntas, como si yo no hubiera pensado ya en todo eso.
Claro que lo he pensado. Claro que sé que es una decisión importante. Claro que sé que hay una cuenta atrás. De hecho, ese es parte del agobio. No estamos hablando de un viaje que puedes hacer dentro de diez años si ahora no te viene bien. Estamos hablando de una decisión que cambia una vida entera y que, además, parece venir con un reloj pegado al cuerpo.
Treinta. Treinta y cinco. Cuarenta. Cuidado. Riesgos. Luego será tarde. Que si la vitamina no sé qué, que si tienes que dejar de comer X. Parece que vayamos a morir.
Y tú, que lo tienes claro, te tumbas una noche en la cama y aparece la duda: ¿y si me estoy equivocando? ¿Y si tienen razón? ¿Y si dentro de diez años miro atrás y pienso que no me conocía tanto?
Eso es lo que me enfada. Que no me hagan dudar desde una conversación honesta, sino desde el miedo. Desde el «te vas a quedar sola». Desde el «ya verás». Desde el «cuando seas mayor». Desde el «no sabes lo que te pierdes».
Pero, ¿por qué el arrepentimiento solo cuenta hacia un lado? ¿Por qué se habla tanto de arrepentirse de no tener hijos y tan poco de arrepentirse de tenerlos por presión, por miedo, por inercia o porque era lo que tocaba? Porque eso también existe. Y parece bastante más grave.
Lo egoísta no es no querer tener hijos
Lo egoísta es traer una vida al mundo solo para calmar una duda que otros me han sembrado. O para no sentirme rara. O para no salirme del carril. O para que nadie me diga dentro de unos años «te lo dije».
También me molesta que no se confíe en mi palabra. Dices «no quiero ser madre» y siempre hay alguien que responde como si supiera más de ti que tú misma. «Eso lo dices ahora». Sí. Lo digo ahora. Con la edad que tengo, con la vida que tengo, con todo lo que he pensado. ¿Por qué mi decisión vale menos solo porque no coincide con la tuya?
No necesito que me convenzan. No necesito que me vendan la maternidad como la única forma real de amor. No necesito que conviertan mi vida sin hijos en una vida incompleta. Mi vida ya tiene alegría. Ya tiene vínculos. Ya tiene planes. Ya tiene futuro. No será el futuro que otras personas imaginan, pero es el mío.
Que me gusten los niños no significa que quiera tenerlos
Que quede claro: no es que no me gusten los niños. Es coger a un bebé y que alguien salte «mira, mira, y luego dice que no quiere». Es jugar con un crío y escuchar «con lo niñera que eres, ¿cómo no vas a tener los tuyos?». Es reírte con uno y que aparezca el «yo también decía que no quería y mírame ahora».
No, que no. Que me gusten los niños no significa que quiera tenerlos. No es inmadurez. No es querer vivir eternamente como si tuviera veinte años. No es que no sepa lo que es querer. Es que, cuando me imagino dentro de diez años, no me apetece estar criando. Me apetece seguir construyendo una vida que reconozca como mía.
Y ojalá pudiéramos decirlo sin que se abriera un juicio. Ojalá la respuesta a «no quiero ser madre» fuera simplemente «vale». Sin listado. Sin esa necesidad de reclutar a todo el mundo para el mismo modelo de vida.
Porque puede que algún día cambie de opinión. Puede pasar, la gente cambia, la vida cambia, yo también. Pero si cambio, quiero que sea porque algo dentro de mí ha cambiado. No porque me hayáis repetido tantas veces que me voy a arrepentir que he dejado de fiarme de mí misma.
Así que, por favor, guardad la lista. La de todo lo que me voy a perder. La de todo lo que voy a lamentar. La de todo lo que se supone que una mujer entiende cuando es madre.
No quiero tener hijos. Y no debería tener que defenderlo como si estuviera haciendo algo malo.
Ana Hernández González
