Nadie está preparado para perder a un ser querido. Como hijo, la pérdida de un padre o  de una madre es, sin duda, una de las experiencias más devastadoras que puedan existir, aunque supongo que saberse huérfano es tan desgarrador como inevitable. Sin embargo,  en el diccionario español no existe una palabra para referirse a las personas que pierden  a sus hijos. No hay palabra en este mundo capaz de definir tanto dolor. Porque decir adiós a un hijo es decir adiós a la vida misma, algo que un padre o una madre jamás debiera  experimentar. Por desgracia, yo soy una de esas madres que tuvo que ver con sus  propios ojos cómo a su hija se le escapaba la vida a sus cuarenta y cinco años. 

Mi hija tenía muchas ganas de vivir y de comerse el mundo, pero la esclerosis múltiple  tenía otros planes para ella. Con veintiocho años le diagnosticaron la enfermedad y ella,  como buena enfermera que era, supo desde el primer momento lo que esta dolencia  degenerativa significaba y cómo poco a poco, su movilidad y autonomía podrían ir  viéndose reducidas hasta llegar a un estado vegetativo . 

Desde que conoció el diagnóstico intentó aprovechar el resto de su vida al máximo junto a su familia, sus hijos y la persona que nunca la trató como merecía pero que ella amaba  por encima de todo: su marido. Llevaban juntos toda la vida y, aunque le acogimos como  a uno más, desde el principio desaprobé a aquel chico de actitud chulesca y descarada  que trataba a mi hija como un trapo y que, años después, se convertiría en la fuente de  todas nuestras discusiones. Me ponía enferma ver cómo él trataba de hacerla sentir  inferior creándole complejos físicos, cómo la dejaba plantada, cómo le era infiel en sus  narices o cómo le sacaba el dinero. Incluso tuve que ver cómo embargaban la nómina de  mi hija cuando los negocios de este impresentable se fueron al traste y no pudo hacer  frente a las deudas. Pero no había nada que yo pudiera hacer, ella corría tras él,  enamorada perdida ignorando mis consejos. 

Mi yerno no fue un buen marido y mucho menos un buen padre, estando ausente la  mayor parte del tiempo. Estas ausencias empezaron a ser mucho más evidentes cuando  la enfermedad de mi hija fue avanzando y necesitando más y más cuidados. Fui yo quien  se hizo cargo de ella cuando ya no pudo volver a caminar, quien la acostó cada noche de  cada fin de semana que él pasaba fuera en «reuniones de negocios», quien la levantó  cada mañana durante años, quien la aseaba, quien la paseaba, quien le daba de comer  cuando ya no pudo mover sus manos y quien le secaba las lágrimas cuando las fuerzas le flaqueaban. Él seguía con su vida, viajando, quedando con los amigotes, saliendo y  entrando… Mientras la imbécil de su suegra se hacía cargo de todo e irónicamente, de  cara a la galería era el marido perfecto.

Y así fueron pasando los años, hasta que la esclerosis comenzó a mostrar su cara más  dura. Después de perder totalmente a movilidad de sus extremidades, los músculos  encargados del habla y la deglución se debilitaron tanto que el simple hecho de comer,  beber, tragar saliva o hablar eran un desafío muy peligroso para ella, con el riesgo de  asfixia que aquello suponía. Fue entonces cuando, a través de aquellos susurros apenas  audibles, me dijo que ya no tenía ganas de vivir, que no quería ser una carga y que había  decidido solicitar el suicidio asistido. Aquel día morí por primera vez, pero terminé  aceptando su decisión, porque aunque mi amor de madre me impedía dejarla morir,  también me impedía ser egoísta y dejar que siguiera sufriendo. Todos pensamos que en  esos últimos meses mi yerno sería una persona diferente y que no se separaría de ella ni  un sólo minuto del día. Pero no fue así.  

Semanas después de comunicarnos su decisión y dejándonos hechos polvo, él se marchó a la Feria de Sevilla como si aquello no fuera con él.

Mientras yo hablaba con los  médicos, con todo el dolor de mi corazón, para solicitar oficialmente la sedación, él subía  fotos con sus mejores trajes, sonriente, ajeno a todo. Una vez más, tuve que presenciar  cómo mi yerno vivía su vida mientras la de mi hija se apagaba. A la vuelta, no paró de  contarnos lo mucho que había disfrutado y cuánto había presumido de mi nieta y de lo  bien que bailaba. 

Cuando llegó el día en que tuvimos que decir adiós para siempre, todos fuimos pasando  por su cama mientras ella estuvo consciente. Prefiero ahorrarme los detalles sobre su  muerte, porque recordar aquello es muy doloroso para mi. Sólo diré que cuando mi hija se marchó del todo, él no estaba allí sujetando sus manos ni besando su rostro. Mi hija se  fue para siempre sintiendo la mano de su madre, no la del que ella consideraba el amor  de su vida. Aquel día yo morí con ella. Él lloró mucho y durante un tiempo se dedicó a  interpretar el papel de viudo de España allá por donde iba. Pero al final las mentiras  tienen las patitas muy cortas y la verdad sale a la luz; él había rehecho su vida mucho  antes de que su mujer hubiese fallecido y ahora todo el mundo conoce su verdadera cara.

 

Texto escrito por Mar Martín basado en una historia real de su familia