Tengo una amiga desde la infancia que siempre ha vivido bastante mejor que yo.
Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí, es gratis y totalmente privado
Y cuando digo bastante mejor, no me refiero a que en su casa hubiera más yogures en la nevera o a que pudieran irse una semana más de vacaciones en verano. Me refiero a que pertenecemos a universos paralelos.
Lo descubrí oficialmente hace unas semanas, cuando me invitó a una cena de cumpleaños con su grupo de amigos.
Yo fui encantada, pensando que sería una cena normal. ¡Ai Mari! qué inocente…
Los primeros cuarenta minutos estuvieron hablando de caballos: Caballos, si, escuchas bien.
No de apuestas, no de la última película o serie que han visto… o de una noticia, no sé… no chicas, hablaban de caballos, de caballos reales.
Monturas, competiciones, establos, entrenadores, complementos de equitación y marcas que yo desconocía por completo.
Y lo fascinante no era la conversación, lo fascinante era que nadie parecía considerar remotamente extraño tener un caballo.
Yo estaba allí sentada pensando que para mucha gente ya es complicado mantener un coche, pero para ellos un caballo era prácticamente un electrodoméstico más de la casa.
Después llegó el arte y aquí necesito que alguien me explique una cosa: ¿Por qué todos los ricos saben de arte?
En serio, ¿Existe algún curso secreto que te entregan cuando alcanzas cierto nivel económico?
Porque todos opinaban sobre artistas, galerías, exposiciones y piezas como si llevaran años dedicándose profesionalmente al tema. Y ojo que no solo hablaban de arte, compraban arte. COM-PRA-BAN.
Yo todavía sigo comparando precios de papel higiénico según la oferta del supermercado y estas personas debatían si una obra estaba bien valorada o no.
Luego apareció el siguiente nivel: los barcos. Porque, por alguna razón que desconozco, en el mundo de los ricos siempre acaba apareciendo un barco, parece que da igual cuál sea la conversación.
Tu te haces rico y con el carnet al socio de poderosos te regalan el barco, eso es así.

Tarde o temprano surge un barco, que si este verano fondeamos aquí, que si el otro tiene un velero, que si alquilaron uno para recorrer no sé qué costa…
No entendía nada, de verdad chicas, no sé vosotras pero yo lo más cerca que he estado de un barco, ha sido verlos descansando en el puerto…
Yo llevo años organizando mis vacaciones con tres pestañas abiertas, dos comparadores de vuelos y una calculadora y ellos parecían resolverlas exactamente igual que yo… pero añadiendo un barco.
Lo más curioso fue darme cuenta de todo aquello que no se habló: nadie comentó problemas con compañeros de trabajo, nadie habló de jefes imposibles, no sé… nadie mencionó preocupaciones económicas.
Es que nadie se quejó del precio de la vivienda, no sé…nadie parecía angustiado por llegar a fin de mes.
Cuando me reúno con mis amigas hablamos de nuestras familias, de nuestras relaciones, de nuestras carreras profesionales, de las decisiones que nos quitan el sueño.
Aquella noche sentí que las preocupaciones de aquellas personas eran otras, unas muy distintas que yo, dentro de mi limitado mundo jamás había imaginado.
Era como si hubiéramos crecido jugando en el mismo planeta pero hubiéramos acabado viviendo en dimensiones diferentes. Y no exagero, salí de allí pensando algo que todavía me da vueltas en la cabeza.
A veces hablamos de mejorar económicamente, de progresar, de invertir o de ganar más dinero.
Pero existe una distancia enorme entre quien ha construido una buena vida desde una realidad normal y quien ha crecido rodeado de privilegios desde el primer día.
No es solo una diferencia de ingresos, es una diferencia de referencias, de preocupaciones, de conversaciones y de expectativas.
Y después de aquella cena entendí que, efectivamente, hay personas que viven en otro mundo.
Lo sorprendente es que ese mundo existe a apenas unas calles del mío.