La vida está llena de malas decisiones, pero yo las tomé todas. Mira que es difícil acabar en la cárcel —a no ser que cometas un delito muy, muy gordo y hasta eso es complicado en ciertas circunstancias—, pero si eres como yo, que te crees que eres el más listo de todos y que nunca te pillarán… estás equivocado. Y esta es mi historia; espero que pueda servirle a alguien para que no acabe como acabé yo.

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Todo empezó en la adolescencia. Todos somos rebeldes al llegar a esa edad, pero lo mío fue de libro. Mis padres estaban tan cansados de que me metiese en líos que al final desistieron. Mi padre trabajaba de sol a sol y mi madre trabajaba a turnos mientras cuidaba a mi abuela enferma; eso hizo que llegase a su límite y se desentendiese de mí. Eso me dio carta blanca para hacer lo que me daba la gana sin apenas consecuencias.

Cuando tuve edad para trabajar, me ofrecieron un contrato de verano en un chiringuito y ahí empezó mi perdición. Tenía contacto con mucha gente y me pagaban una mierda, así que me sacaba un sueldo B trapicheando con los turistas. María por aquí, coca por allá… al acabar el verano, yo era el camello de la playa. Un día, volviendo a casa, me paró la Guardia Civil y me pilló con una cantidad considerable de drogas. Me cayeron tres años de cárcel, pero como no tenía antecedentes, el juez sustituyó la condena por trabajos a la comunidad.

Estuve limpiando jardines y yendo a clases de civismo, pero la volví a cagar. Volví a creer que era el más listo y volví a trapichear. Esta vez, le quedé a deber fardos a un narco más grande; me dieron una paliza en mi propia casa y, por miedo, cometí mi segunda cagada máxima: atracar un estanco. Lo hice con un arma blanca y la cara tapada, pero las cámaras me identificaron. Esta vez me cayeron cinco años que, al sumarse a la anterior por reincidencia, se convirtieron en ocho años de cárcel.

No entraré en detalles, pero la cárcel bonita no es. Allí dentro hay una jerarquía donde las celdas se «alquilan», se trapichea con todo y los funcionarios vigilan cada movimiento. He pasado los ocho años más solitarios, ansiosos y desesperantes de mi vida. Durante ese tiempo me he perdido la boda de mis hermanos, el nacimiento de mis sobrinos y la muerte de mi abuela y de mi padre.

He salido hace cuatro días con la condicional y me veo aquí, pasados los 40 y con una mancha imposible de borrar. Me siento estigmatizado de por vida para encontrar trabajo o pareja. Si me arrepiento, la respuesta es sí, por supuesto. He perdido los mejores años de mi vida por haberme creído el más listo. Espero que mi historia sirva de ejemplo: no vale la pena.