Hay gente sola por el mundo, muy sola. Tanto que necesitan oír una voz humana con desesperación, que pagarán lo que sea por oír a alguien hablarle y llamarle por su nombre. Trabajando de teleoperador te das cuenta de ello. Y a veces te dan compasión, como cuando te llaman el día de Nochebuena y es para montarte el pollo padre porque su factura no está bien. Esos te hacen pensar: “pobre hombre, que tiene que llamar aquí para recordarse que está vivo”.
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Luego estaban los que en lugar de compasión te daban ASCO, pero mucho. Porque estaban igual de solos, pero te llamaban para zurrarse la sardina mientras te pedían que les explicaras lo que fuera. Estos te hacían pensar que ojalá tuvieras una libretita donde anotar sus nombres. No para no volver a cogerlos. Una DEATH NOTE.
Trabajando en números gratuitos, entran muchos deleznables de ese estilo. Si un cliente se pone borde, se le advierte, y si no se modera, se le cuelga. Pero si no dice ninguna grosería, si simplemente jadea, no se considera inadecuado y no nos dejaban colgar. ¿Qué se podía hacer entonces?
La táctica rebote: En cuanto sospechabas, decías “le paso con un compañero” y le pasabas con un hombre. O directamente enronquecías la voz y decías que te llamabas José Antonio. Al oír una voz que no era inequívocamente femenina, colgaban muy rapidito. Uno llegó a decir que quería que le atendiera una mujer porque «quería potenciar el trabajo femenino». Le dijimos que precisamente por eso, todas las mujeres estaban en puestos directivos y las llamadas solo las cogían hombres.
La táctica incidencia técnica: Pulsábamos repetidamente el mute o hablabas entrecortado como Martes y Trece: “No t… ucho, no t… ucho… ¡que no t… ucho, ‘oder!”.
La táctica de lectura impersonal: Te pedían que le explicases las coberturas y las leías de forma impersonal, sin inflexiones, como lo leería el Loquendo o peor. Claro, eso no le servía para sus fantasías, se aburrían y colgaban.
La táctica «ahora vas a llorar por algo»: Para esta había que tener tripas. Le dabas lo que quería: voz calmada, cálida y sensual. Pero cuando él quería cortar porque ya había acabado, tú no parabas. Le tenías ahí hasta que terminabas de explicarle todo el condicionado. Si te colgaba, le volvías a llamar: “Perdóname, se ha cortado. Continúo donde estábamos”. De repente, la acosadora eras tú, y eso ya no les hacía ninguna gracia. Con esta táctica, nunca más volvían a intentarlo. No era bonito, pero funcionaba. ¡Resultados, hijo, resultados!
Delice.