Una pierde peso y aprende muchas cosas. Te das cuenta de que eso que llaman el “pretty privilege”, EXISTE. La gordofobia en general y la médica en particular, existen. El entrar en una tienda y que las dependientas te sonrían, y que nadie llegue a decirte en voz baja “no pierdas el tiempo, aquí no hay nada para ti”, como si fueras a contaminar de gordura la tienda, es una experiencia para la que no te preparan en el gimnasio.

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El ser consciente de que ahora ocupas menos espacio, que no tienes que mirar con apuro a la persona que se sienta a tu lado en el transporte público pidiéndole perdón por ocupar parte de su asiento porque ahora cabéis bien, ni tienes que bajarte de la acera si alguien viene en dirección contraria porque ahora entráis los dos en la acera, es algo que nadie te cuenta que va a suceder, pero sucede, y es maravilloso. Claro que siempre tiene que llegar algún gilipollas a intentar recordarte que sigues siendo llenita, eso pasa también. Y otra cosa que nadie te cuenta es que, con la pérdida de peso, una cosa que gana en agilidad es tu lengua.

Antes no se te ocurría protestar por nada porque, claro, eras muy gorda y cómo se te ocurre serlo; te mereces todo el desprecio del mundo. Ahora de pronto, eres consciente de cuánto has avanzado, de tus esfuerzos. De tu valía. Que en realidad ya estaba ahí antes, con cuarenta kilos más, y ya merecías respeto y consideración, pero ahora estás dispuesta a discutirlo con quien sea.

Una bonita tarde primaveral llegó otro cambio más: el ponerme vestidos. Hacía como diez años que no me ponía una falda porque, de nuevo: gorda. Una gorda no se pone falditas ni vestidos de estampados de cerezas, una gorda se pone solo pantalones negros y camisetas holgadas que la tapen de pies a cabeza. Como yo ese pensamiento lo había superado ya, me compré vestiditos ligeros y salí a darme mi paseo de diez mil pasos con vestidito rosa minifaldero pin-up, a topos y con el logo de Betty Boop.

Ya estaba de regreso a casa cuando un par de antropoides se me quedaron mirando con visible aprobación. Y eso NO PUEDE SER, porque yo aún estaba lo que se dice gorda, y NO PUEDE SER QUE TE GUSTE UNA GORDA. Así que vi que la mirada del tío cambiaba de apetito a terrible pánico y posterior desprecio en cuestión de segundos. Como no podía ser que yo, gorda, le hubiese gustado, era necesario tratar de ponerme en mi sitio, devolverme a ese pensamiento de inferioridad e invisibilidad del que estaba logrando salir.

De modo que al llegar a mi altura me soltó una risita despectiva y dijo audiblemente: “valiente ridícula, GORDA”. Y yo, que la estaba viendo venir desde el inicio del parque, solté en voz alta: “DIJO LA ZORRA A LAS UVAS”.

“¡Muy bien contestao, alhaja!”, soltó un abuelito que estaba sentado cerca. Hasta el amigo que iba con él se rio. Reconozco que el corazón me iba como un bailaor haciendo zapateado, porque yo jamás le había contestado a nadie, pero aquel día lo hice. Y me sentí como Dios. Como decía mi abuelita: “vuelve por otra y ráscate si te pica, que pa’ eso no hay remedio de la botica”.

Delice.