Nunca me han gustado las aplicaciones para ligar. Creo que son superficiales y que la gente las utiliza para encontrar a alguien con quien echar un par de polvos, que, oye, me parece genial que haya gente que las utilice para eso, pero no es lo que yo busco y nunca pensé que estuvieran hechas para mí.
El caso es que, hablándolo con mis amigas, me convencieron para que me descargara Tinder. No es que esperara encontrar ahí al amor de mi vida, pero, también es verdad que llevaba mucho tiempo sola y salir, quedar con alguien, charlar y, lo que surgiera, durante una temporada, pues tampoco me iba a venir mal. El único problemilla que veía yo en todo eso era mi físico. Soy una chica gorda. Obesa, vamos. Mido 160 y peso 110 kilos. No encuentro ropa para mí en ninguna tienda, me veo horrenda en todas las fotos que me saco y, aunque creo que tengo una gran personalidad, a los chicos aún les echa para atrás una mujer como yo.
Mis amigas me ayudaron a crear el perfil de Tinder y a elegir fotos en las que saliera bien. Por supuesto, mi intención no era engañar a nadie, pero, ya que me abría el puñetero perfil, al menos, quería verme bien en mis fotos de presentación. Elegí las que más disimulaban mi físico y escribí una biografía graciosa. A la semana, estaba hablando con unos cuantos chicos que parecían interesantes.
De los chicos con los que hablaba había uno en concreto que me llamaba, especialmente, la atención. Los dos teníamos el mismo humor y nos encantaban las bromas y echarnos puyas, no tardamos en intercambiarnos el WhatsApp y ponernos a hablar por ahí. Estuvimos bastantes semanas hablando, prácticamente, todos los días, desde que nos levantábamos hasta las tantas de la noche, así que, un día, decidimos quedar.
Cuando pusimos fecha a nuestra quedada no pude evitar que mis inseguridades afloraran. Estuve tentada de cancelar un par de veces, pero, tras comentarlo con mis amigas, ellas me alentaban a conocerlo en persona, total, ¿qué podía perder? Sólo iba a ser tomar unas cervezas y charlar un rato, nada del otro mundo.
Un día, con la ansiedad por las nubes, y a dos días de vernos, no pude evitar escribirle y sincerarme con él. Le dije que, durante el confinamiento, había tenido mucha ansiedad y, eso, me había llevado a coger algo de peso – se lo edulcoré un poco – y que, quizás mi talla había variado un poco. Al chico no pareció importarle y, me dijo, que, para él, el físico no era importante y que me relajara.
Así que llegó el día de la quedada. Me armé de valor, me puse la ropa que sentía que me quedaba mejor y me dirigí al bar donde habíamos quedado con mi mejor sonrisa y mi mayor autoestima. Pues bien, él ya me estaba esperando cuando yo llegué y, nada más verme, su cara se transformó por completo.
Habríais tenido que verlo. Se le desencajó la cara. Cuando me vio aparecer fue como si tuviese delante al mismísimo Lucifer. Se le congeló la sonrisa y se le notó muchísimo que el ambiente estaba raro. Fue bastante incómodo. Toda la química y la conexión que habíamos tenido todas estas semanas se esfumó de un plumazo. Tomamos unas cervezas – creo que le dio vergüenza dar media vuelta y marcharse – y se notaba que la conversación era muy forzada. Yo intenté sacar temas de conversación y actuar con normalidad, pero era difícil mantener la calma mientras él miraba el móvil distraído o me contestaba con monosílabos.
Al acabarnos la cerveza, me puso una excusa chorra y se marchó cagando leches. Me sentí muy humillada y me entraron ganas de llorar. No me atreví a volver a escribirle por WhatsApp porque tenía miedo de que me confirmara que había salido por patas al verme en persona, tampoco hizo falta porque él nunca más volvió a escribirme.
Después de aquello no me apeteció repetir la experiencia y me borré el Tinder. Ya sabía yo que no debería habérmelo bajado. Sé que habrá hombres por ahí a los que no les den miedo los kilos de más, pero, sea como fuere, a mí me tocan todos los gordófobos.
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