Mis padres me tuvieron siendo ya algo mayores. Digamos que mi llegada al mundo no  estaba prevista en absoluto y mi madre se quedó embarazada a los cincuenta y uno. Ellos eran felices estando juntos y solos, no entraba en sus planes convertirse en una familia de tres, pero cuando supieron que un bebé estaba en camino, se alegraron muchísmo y  decidieron seguir adelante. En consecuencia, mis padres siempre fueron más mayores  que el resto de padres de mis amigos. 

A todo el mundo le llamaba mucho la atención y era habitual que, a medida que iba  creciendo, la gente pensara que eran mis abuelos en vez de mis padres. La verdad es  que yo nunca le di importancia ni me pareció raro, ya que lo tenía bastante naturalizado.  Sin embargo, a medida que iban pasando los años, su edad avanzada se hacía notar  cada vez mas; cuando terminé el instituto a los dieciocho, ellos tenían casi setenta. Era  inevitable pensar en el hecho de que cuando yo cumpliera los treinta y cinco, era más que probable que ellos ya no estuvieran conmigo mientras que el resto de padres estaban en  la flor de la vida. 

Pero como decía al principio, uno suele dar por sentado que hay tiempo, así que más allá  de ser consciente de la gran diferencia de edad que había entre nosotros, tampoco le  daba más vueltas. Hasta que mi madre se empezó a poner enferma y tuve que hacerme  cargo de ella prácticamente a cada hora del día. Aunque yo no lo quisiera ver, mi madre  tenía casi ochenta años y mi padre a duras penas podía cuidar de ella. Sobra decir que  soy hija única así que tampoco podía pedir ayuda a ningún hermano para que me aliviara  un poco en cuanto a las responsabilidades. 

Tenía veintinueve años cuando tuve que volver a casa de mis padres para cuidar de  ambos. Mientras mis amigas salían de compras, se iban de fiesta, planeaban convertirse  en mamás y, en definitiva, hacían sus vidas, yo me pasaba las horas del trabajo a casa y  de casa al trabajo. De hecho, solicité teletrabajar para poder dedicarles más tiempo. Y no  me malinterpretéis, yo lo hacía de mil amores porque eran mis padres y les amaba con  todo mi corazón, pero una no puede evitar preguntarse cómo sería su vida si las cosas  fueran diferentes.  

Mi madre murió al cabo de dos años y mi pobre padre fui incapaz de remontar desde  entonces. Con la pérdida de su mujer se dejó muchísimo, se negaba a ir al médico, tenía  que obligarle a comer, a ducharse, no quería salir de casa… Yo le decía que él había  perdido a su mujer, pero yo había perdido a mi madre y también estaba muy triste. Pero  nada funcionaba y entre el duelo y el cansancio físico y emocional que llevaba arrastrando desde hacía años, mi cuerpo empezó a rebelarse y la ansiedad se convirtió en mi sombra. 

Fue entonces cuando empecé a salir con mi actual pareja. Gracias a él recuperé la  sonrisa, las ganas de vivir y de pensar en el futuro. Hasta entonces no me había dado  cuenta de lo mucho que necesitaba hacer cosas acorde a mi edad, de viajar, de reír, de  salir a bailar, de pensar en mí. Por supuesto seguía cuidado de mi padre, pero intentaba  sacar algún huequito para dedicarlo a mi propio disfrute. Cuando mi chico celebramos  nuestro primer aniversario me sorprendió con un viaje a la costa, sin embargo, mi padre  requería de muchos cuidados y no podía dejarle solo.  

Siempre había dicho que mientras yo viviera y pudiera hacerme cargo, mis padres jamás  pisarían una residencia. Y lo cumplí a rajatabla. Sin embargo, me moría por hacer ese  viaje y la parte egoísta a la que nunca escuchaba, aquella vez ganó. Después de mucho  investigar, me decidí a llevar a mi padre a una residencia de mayores durante la semana  que yo iba a estar fuera. Le prometí que sólo serían unos días y aunque él no se lo tomó  demasiado bien, finalmente accedió. Pásatelo bien, fueron las últimas palabras que  escuché de mi padre. 

Mientras yo estaba en la playa, bebiendo mojitos con mi novio y tostándome al sol sin pensar en nada que no fuera darme un baño en el mar, me llamaron por teléfono. Mi  padre había sufrido un infarto y había fallecido. No recuerdo mucho más después de  aquello. Mi chico me contó que me cambió de ropa, hizo las maletas y condujo hasta la  ciudad mientras yo lloraba mirando por la ventanilla, con la mirada perdida y sin decir una  palabra. Lo único que recuerdo es aquel dolor que me atravesaba el corazón como un  puñal.  

No era perder a mi padre, era que se hubiera ido de este mundo estando solo, era que  mientras él moría yo estaba disfrutando lejos de él. Es muy probable que hubiera muerto  incluso si no le hubiera dejado en aquella residencia, pero la culpabilidad es muy dañina y desde entonces soy yo quien no ha sido capaz de remontar. Llevo varios años yendo a  terapia y medicándome, pero el remordimiento no me deja vivir. Tengo cuarenta años  recién cumplidos y toda la vida por delante, pero las personas que más he querido en este mundo ya no están conmigo. 

Dar por sentado que siempre habrá una próxima vez, que las personas que queremos  seguirán ahí al final del día y que hay tiempo de sobra es un error que todos solemos  cometer. Y es que la vida no avisa cuándo va a ser la última vez.