He tenido experiencias desagradables con el sexo masculino últimamente. Hace unas semanas entré en un bar con una amiga y no solo nos miraban como algo comestible, sino que nos incomodaron con sus insinuaciones y ni siquiera nos dejaron hablar entre nosotras. Eran desconocidos, pero los amigos no se han revelado mucho mejores. Un amigo al que tenía por tipo decente y honesto le hizo ghosting a una amiga a la que le presenté, probablemente porque ella no se quiso acostar con él esa noche y solo se besaron.
A eso se suman las noticias descorazonadoras, mucho más graves que mis insulsos avatares diarios: el medio centenar de hombres declarados culpables por violar a Gisèle Pelicot, los 44 arrestos de hombres acusados de violar a una niña en India, los 70.000 hombres del grupo alemán de Telegram que compartían información sobre cómo sedar y violar mujeres… “Not all men”, dicen. No son todos, pero sí muchos.
A pesar de las vivencias y los datos dados con luz y taquígrafo, una tiene que aguantar que la llamen “odiahombres” directamente. O escuchar de niñatos jóvenes que las españolas perdemos atractivo progresivamente respecto a otras nacionalidades porque estamos radicalizadas con tanto discurso feminista, y somos demasiado complicadas. Por lo visto, hay millones de mujeres fuera de nuestras fronteras que se están muriendo por ser sus esclavas, fíjate tú.
Así que, con los niveles de indignación subiendo, hace poco me ha entrado curiosidad y le he preguntado a dos amigas bisexuales cómo perciben las diferencias de género en pareja. O, más directamente: “Tía, tú que puedes, ¿por qué tíos?”. Las dos han tenido relaciones estables con mujeres y hombres, y a mí llama la atención que, con la que está cayendo, no prioricen unas sobre otros a la hora de intimar. Y eso que yo tengo la grandísima suerte de compartir mi vida con un hombre que me trata como una igual y al que considero mi mejor amigo. Lamentablemente, no es la norma en mi entorno.
No iba a ser tan fácil
Soy consciente de lo “cisheterobásica” y radicalmente binaria que es mi pregunta. Me queda mucho que desaprender. No es tan fácil “elegir mujeres” por algo simple: una no decide de quién se enamora (aunque creo que se debe poner la cabeza antes de saltar al vacío sin paracaídas), ni tampoco qué le atrae en alguien, cuándo y cómo. Luego hay mujeres como una famosa radfem ilustradora, que dijo un día en Twitter que percibía su lesbianismo como parte de su activismo, pero ese es otro tema.
Otra cosa sobre la que he tomado consciencia es mi idealización de las relaciones lésbicas, algo que mis amigas desmontaron con dos argumentos:

1. Las mujeres son muchísimo más intransigentes
Según una de mis amigas, a partir de cierta edad es difícil alcanzar una relación de pareja completa, estable y satisfactoria con una mujer. Las que ella se ha encontrado, al menos, buscan un 100% de compatibilidad, mientras que los hombres parecen mucho más flexibles: reduciéndolo mucho mucho, con una tía que tenga un físico aceptable, no monte pifostios por cualquier cosa y le dé sexo regularmente les vale. A partir de ahí, creen que se puede construir algo bonito aunque nunca vayan a compartir sus principales aficiones con ellos (mejor, ya tienen a sus amigos). Otra cosa es lo que estén dispuestos a aportar y cómo…
2. Hay mujeres tremendamente testosterónicas
A mi amiga se le declaró una chavala y, hasta el día de hoy, parece no haber aceptado un “no” por respuesta. Sus insinuaciones continuas rayan el acoso, ha llegado a tocarla sin consentimiento, se suma sorpresivamente a sus planes hasta resultar invasiva y un etcétera que da susto. La razón por la que no la ha bloqueado y sigue quedando con ella, para mí, es un misterio absoluto. Que en algunas ocasiones se lo ha pasado bien con ella, dice, pero sé que gustarle no le gusta nada y se lo ha dejado claro por activa y por pasiva.
—Tú sabes que a un tío, por mucho menos, ya lo habrías mandado a pastar, ¿verdad? —le pregunté un día.
—Sí, lo sé.
Tras escuchar los testimonios de mis amigas pasaron dos cosas: dejé de idealizar las relaciones lésbicas y me hice un poquito más odiadora de nuestra propia especie. En general, damos pena. Encontrar una persona decente con la que compartir tu vida, hombre o mujer, es tarea complicada.
Pero sí hay una cosa de la que sigo convencida: la relación monógama entre dos mujeres puede dar tanto asco como una hetero o una gay por lo tóxico; el comportamiento de una mujer puede ser tan abusivo e indeseable como el de un hombre, pero es menos probable que en algún momento puedas sentirte físicamente amenazada. A los hechos me remito. Simplemente, porque nosotras no hemos sido socializadas en la violencia hacia el otro sexo.