Querido diario

Aunque adelgaces nada va a cambiar, y eso está bien

Probablemente desde navidades habréis visto anunciado en mil sitios “Nuevo año: nuevo tú” en centros de belleza, gimnasios y demás. Que a mí me suena como ¡Deja de ser una persona mediocre y conviértete en una persona delgada y decente! O si estoy de muy mal humor lo leía rollo: Oye, gorda de mierda, ¿por qué no haces un esfuerzo para unirte al único segmento que vale la pena de la sociedad, la gente delgada?

Obviamente, mis propias inseguridades le dan un subtexto innecesario a esa frase de cuatro palabras. Entiendo por qué los gimnasios de todo el país prometen un “nuevo tú” a partir del 1 de enero. Después de todo, durante la mayor parte de mi vida, eso es exactamente lo que yo quería. Claro, quería usar un pantalón más pequeño, pero sobre todo, quería ser otra persona. Alguien que nunca pasó las conversaciones en las fiestas pensando: “Soy la más gorda de la fiesta”.

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Siempre pensé que perder peso me transformaría mágicamente de un ser extraño torpe con miedo a las situaciones sociales a un parangón de ferocidad con la confianza que me sobra. Pero no es así como funciona.

En mi juventud, la fantasía de perder peso siempre giraba en torno a los hombres. Claro, pensé que ahora no se fijaban en mí. Pero si perdiera peso, ¿tal vez alguien bajaría sus estándares lo suficiente como para salir conmigo? Hasta los 20 años, creí que ningún hombre se sentiría atraído sexualmente por mí. Pensé que podría engañar a algún tío para que le gustara, y por desesperación, llegaría a un acuerdo. Sabía que era divertido estar conmigo y que sería una novia encantadora, pero ¿qué hombre racional querría acostarse con una chica gorda?

Estas son todas las cosas en las que realmente creí de joven. Y no estaba triste por eso. Era sólo un hecho. Un día en la Tierra tiene 24 horas, el ciclo lunar controla las mareas, y yo era sexualmente aborrecible (todas afirmaciones igualmente verdaderas para mi joven cerebro).

Yo tampoco había sacado este estado de ánimo de la nada. Mi historia con el romance parecía demostrar que mi hipótesis era correcta: nunca me habían invitado a una cita, nunca me habían regalado una carta el Día de San Valentín, y sólo llegué hasta un beso en la mejilla (yo besándolo) con mi novio de Primaria, quien terminó la relación al día siguiente porque él “no quería una relación física”. En la ESO, si yo iba a la casa de un chico para “ayudarlo con la tarea”, en realidad sólo hacíamos la tarea.

En otra cita el chico me dijo que fuéramos a su casa. Sus padres estaban en Gran Canaria, y teníamos el lugar para nosotros solos. ¿Sabéis qué hicimos? Ver Cazafantasmas. Y después de Secundaria y los primeros años de universidad, pasé mucho tiempo siendo ignorada en los bares mientras los tíos coqueteaban con mis amigas. Así que no era completamente irracional que pensara que mis posibilidades de romance eran escasas.

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Durante ese tiempo, siempre fantaseé que la pérdida de peso sería la herramienta para terminar con mi soledad. Por suerte para mí, encontré a un tipo encantador y nos hicimos novios sin tener que perder un kilo. Tras ese tipo encantador le siguieron otros menos y más encantadores que me quisieron con mis michelines y mi culo grande. Y en el proceso de adolescencia a la madurez cambié el chip y comencé a aceptarme y quererme con mis defectos y virtudes, pasándome por el arco del triunfo lo que otra gente pudiera pensar de mí.

Pero de pronto por un problema de salud comencé a perder muchos kilos de forma rápida. La gente me decía lo bien que me veía, y había una sensación tácita de que de alguna manera me había ganado un mayor respeto de la gente por ser más delgada. Y volvieron los complejos de gorda, aún sin estar gorda. Me obsesionaba y me volvía loca si algo que comía tenía más calorías de las que había imaginado. Me preocupaba que no estuviera haciendo ejercicio lo suficientemente fuerte y me echaba a llorar si la báscula se quedaba sin pilas.

Por suerte esa fase me duró poco y volví al chip de ser yo misma mi primer amor y a odiar cuando me dicen “Chica, qué cambiada estás… estás guapísima”. NO PERDONA. Yo guapa ya era, lo que estoy es más delgada.
Estoy convencida de que seguiré bajando de peso. Y cuando lo haga, seré exactamente la misma persona en un tamaño un poco más pequeño. Así que esta vez, estoy trabajando duro para apreciar mi vida y poner mi salud mental en primer lugar. Además, a menudo tengo que recordarme a mí misma que soy una persona encantadora, y es muy divertido ser yo, incluso en una variedad de tamaños.
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@LuciaLodermann
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