Ya lo hicieron con Compañeros, Quimi, Valle y el resto. Nos colaron a señores de casi 30 como personajes de instituto, pero nosotras tan contentas. Lo que pasa es que ahí nosotras estábamos en plena adolescencia y no supimos ver las historias secundarias de la trama. Pero ahora la cosa cambia, amigas.
Me recomiendan la serie, la pongo, la veo un rato y desconecto, es pésima. El guión, de risa. Las frases, las más bobas que han encontrado. El argumento, el más típico. La tía, pava, pero pava de que le hagan una banda a la más pava. Y el actor protagonista, pues bueno, un chico turbio. El doblaje, cutrísimo. Le digo a mi amiga que paso, que no me la voy a poner ni de fondo mientras echo la siesta. Pero bueno, tengo tiempo muerto, no se qué ver y a mis amigas las oigo comentar y yo me quedo fuera de la conversación. Me pongo otro capítulo. Y otro. Algún rato lo paso a x2. Aparece otro actor, que hace ya años que cruzó la mayoría de edad, pero que dice que tiene dieciséis. Ah, se siente, como me gusta se lo perdono. Le escribo un whatsapp a mi amiga diciéndole de qué equipo soy. Ya estoy perdida. Empieza una trama previsible pero que me hace gritarle a la mencionada pava que venga, que se deje camelar. Bien cansina la pobre muchacha.
Y así un capítulo tras otro, diciendo en voz alta que qué hago yo viendo ese tipo de serie pero avanzando en que tengo un rato.
Y luego me doy cuenta.
Deja de leer si no la has visto o si piensas ponértela, porque se me van a escapar un par de detalles, aunque también te digo que se revelan en el capítulo 2, así que no te voy a chafar mucho.
El amor adolescente nos gusta, nos evade, nos hace querer un poquito de ese romanticismo que vivimos una vez, que nos besen poniendo la mano en nuestra nuca. Pero las historias maduras, las de las madres de los protagonistas, ahí nos han dado. Menudo golpe bajo. Dos amigas, inseparables, que sin darnos cuenta nos hacen pensar en las nuestras, en lo poco que nos vemos, las vidas que llevamos y que ellas son nuestros verdaderos amores. Madres con hijos adolescentes que ya no tienen tantas ojeras, no huelen a toallita húmeda y no necesitan buscar niñeros para poder ir a la peluquería. Una madre enferma, una historia de infidelidad, otra separada. Madres que una noche salen de fiesta y se emborrachan y bailan y nos demuestran que la vida, no acaba tan pronto como ahora nos parece. El momento en el que una madre tiene que despedirse de sus hijos y te pones en su piel y lloras, porque no quieres imaginarte que te pueda pasar un día a ti.
A mis 36, me siento más cerca de esas madres que de esos niños. Me dejo llevar por el amor de verano que relata la serie, entro al juego de los rizos perfectos que le han peinado a uno de ellos. Pero presto atención a las madres. Me identifico con su cansancio, con su esfuerzo, con sus dudas, su culpa. Y es así, con una serie que no servía ni para dormir como han conseguido ganar otra espectadora.
Aunque de verdad, preferiría que Belly no se hubiera enamorado ese verano y haberme saltado esta etapa donde me he tragado tres temporadas y ahora tengo que lidiar con el vacío que siento porque soy demasiado mayor, demasiado casada y con demasiados hijos y no una veinteañera debatiéndose entre el amor de dos hermanos.
