Todas nos hemos imaginado llevando una vida completamente distinta, mucho más lujosa e interesante. Una casa más grande, millones de euros en el banco, un coche de alta gama, viajes por todo el mundo, el trabajo de nuestros sueños, Charlie Hunnam como futuro marido y padre de nuestros hijos… Porque soñar es gratis y divagar, muy humano. El problema viene cuando esos anhelos se convierten en obsesión y rozan la mitomanía patológica. Y es que, hay personas más que dispuestas a mentir sobre su propia vida y que incluso llegan a creerse sus propias trolas.
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Conocimos a Silvana el primer año de universidad y todas pensamos lo mismo: qué mona va esta chica siempre. Siempre llevaba bolsos de alta gama, un cochazo, ropa de firmas que sólo habíamos visto en las películas y, en definitiva, un estilo de vida muy diferente al nuestro. Se veía a lo lejos que era una tía con clase y que su familia debía tener bastante pasta. Lo cierto es que, siendo chicas de barrio humilde como éramos casi todas, alguien como Silvana suponía toda una novedad en nuestro círculo, era como ver a un perro andar de pie. Con todo, era una chica de lo más normal, aunque de vez en cuando le gustaba presumir de su dinero y hacer notar a los demás que nadaba en la abundancia.
A pesar de aquella evidente diferencia de clases sociales, todas nos hicimos muy buenas amigas. Con el paso del tiempo, nos tomábamos a broma sus comentarios y sus aires de diva, ya que lo hacía con mucha gracia y sin maldad alguna, digamos que era parte de su encanto. Sabíamos que Silvana tenía mucha pasta, pero terminamos de confirmarlo el día que vimos las fotos de su casoplón y del resto de sus viviendas en diferentes playas del país. Marbella, Ibiza, Menorca, Sotogrande… Cuando le propusimos hacer alguna fiesta en su casa o algún viajecito exprés a la costa, ella se excusaba diciendo que la vivienda de turno estaba en obras o que aquella semana estaban sus padres con unos amigos.
Era habitual que desapareciera durante casi todo el verano sin avisar. Luego, días después nos enviaba fotos alardeando de sus vacaciones y volvía súper morena y con un montón de regalos. Lo cierto es que todas llegamos a pensar que se avergonzaba de nosotras, que sus padres o se fiaban de unas pobretonas como nosotras algo por el estilo, porque durante los cuatro o cinco años que duró nuestra amistad, nunca se dignó a invitarnos a ninguna de sus casas. Sin embargo, ella nos contó que pese a que su padre era un reputado hombre de negocios al que le salían los billetes de quinientos a miles por las orejas, la habían educado para que ella misma se sacase las castañas del fuego.
Era por eso que durante aquellos años y a pesar de que, supuestamente, no le hacía ninguna falta, Silvana trabajó en una tienda de ropa. Nos extrañó que no recurriera a su padre y a sus muchos contactos para conseguir un trabajo más acorde con su formación universitaria, pero ella decía que no quería deberle nada a su padre. Con el tiempo, todas terminamos colocadas en trabajos relacionados con la carrera que habíamos estudiado, exceptuando a Silvana. Lo cierto es que nos extrañaba mucho que fuera la única que se había quedado estancada, pero supusimos que como tenía todo el dinero del mundo, no le preocupaba.
Pero no fue hasta mucho después que descubrimos el pastel. Una mañana nos dijo totalmente devastada que su abuelo había fallecido y todas nosotras quisimos ir a darle nuestro apoyo en aquellos momentos tan duros. Sin embargo, ella se negó. Nos dijo que no hacía falta, que habría demasiada gente allí porque su abuelo era muy conocido y que estaría bien con su familia. Pero a nosotras se nos partía el alma imaginarnos a nuestra amiga rota de dolor, así que hicimos oídos sordos y nos presentamos en el tanatorio. Cuando nos vio se quedó blanca, como si hubiera visto un fantasma. Desde el primer momento notamos que no quería que estuviéramos allí y no entendíamos por qué. Al rato, cuando nos empezó a despachar sutilmente, apareció su madre. Y flipamos.
Aquella mujer era de lo más normal, no la divina de la muerte que nos habíamos imaginado. Hablando con ella, supimos que su familia era tan humilde como las nuestras, que su madre era modista y su padre conducía un taxi. Nunca hubo casas de lujo, ni segundas residencias, ni padres millonarios. No nos pareció el lugar ni el momento para tener una conversación, pero días después, cuando todo se hubo tranquilizado, intentamos ponernos en contacto con Silvana para que nos diera una explicación sobre aquella mentira construida durante años. Pese a nuestra insistencia, no conseguimos localizarla. Supongo que se moría de vergüenza a saberse descubierta y no quiso enfrentarse a la realidad, porque nunca más volvimos a saber de ella ni cómo durante tanto tiempo nos hizo parecer lo que no era.
Anónimo
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