Sí, soy de las que romantizan el campo, las aldeas, los pueblos remotos perdidos de la mano de Dios, donde casi no hay conexiones ni centros de salud, «el supermercado» es un camión que pasa tres veces por semana y, si digo el nombre de donde vivo, no sabríais si es un lugar o un Pokémon.
Y por si os lo preguntáis, la respuesta es sí, me he venido aquí por elección. De chica de ciudad a chica de campo. Y oye, encantada de la vida con mi huertica y mi casita que sí puedo pagar.
En marzo de 2020 pusieron obligatorio el teletrabajo en mi empresa. La cuestión se fue alargando y decidieron que todos continuásemos trabajando así de forma indefinida, y se ahorrarían los costes de pagar una oficina inmensa. En aquel momento yo tenía un alquiler que se llevaba dos tercios de mi sueldo y el otro tercio se iba en comer y desplazamientos. Por menos de la mitad tengo mi hipoteca en el campo, mis alimentos de cercanía y ¡me sobra!
Mi casa es de un buen tamaño, me salió muy baratita porque, quitando la estructura y cuatro paredes, había que reformar todo lo demás. Yo la había comprado viéndola únicamente en foto, lo vi como una oportunidad y pensé que, mientras la reformaba, podría vivir en la caravana de mis padres en ese terreno.
El problema es que, como os he dicho, soy chica de ciudad y lo último que me esperaba era que aquí los insectos fuesen de un tamaño estratosférico y cualquier ser vivo se campara a sus anchas. Decidí que mejor, mientras me la reformaban, seguiría en casa de mis padres e iría a vivir allí cuando estuviese lista.
El día D llegó y por fin pude estrenar mi casa. Decidí airearla completa, con las puertas y ventanas abiertas de par en par. Escuché el camión y bajé en bici «al centro» a conocer a mis nuevos vecinos y ver el panorama que había por allí.
No sé cuánto tiempo pude liarme con la juventud del pueblo (60 y pico de años la más joven), pero cuando llegué a casa había olvidado que la puerta trasera se había quedado abierta y dos cabras estaban en mi aún no estrenada cocina. Primero grité, lo reconozco, pero después no podía parar de reír.
Conseguí echarlas y preferí cerrar las ventanas, pero ay, ay, ayyyyyy, qué cantidad de bicherío había entrado allí dentro. Las moscas eran 4 veces más grandes, pero claro, con la jauría que había en los alrededores estarían cebadas.
Iba a dormirme la primera noche cuando unos ruidos fuera me estaban poniendo muy intranquila. Salí a la ventana sin saber muy bien qué me iba a encontrar y sintiendo que había dejado atrás el primer mundo, porque fuera no se veía absolutamente nada. Bajé a la cocina y me encontré a un jabalí intentando hacer un agujero bajo mi puerta. La madre que lo parió.
Tuve que volver a llamar al de las reformas para que me hiciese un muro, aunque, a pesar de este, continúa habiendo una buena fauna.
Cuando empieza el calor llegan los jabalíes y las culebras, con el frío aparecen los zorros (que ya me han avisado de que, si compro gallinas, las encierre de noche), y los días que parecen tranquilos en cuanto a mamíferos y reptiles, aparecen los bichos gigantes. A veces hasta me aparecen todos en el mismo día.
Aun así me lo tomo con humor, siempre y cuando no me pisoteen el huerto ni se coman mis tomates. En alguna ocasión algún vecino ha tenido que venir a rescatarme sacando a sus animales de mi jardín (y algún otro que se ha colado dentro de casa) pero, quitando eso, hasta ganas me dan de comprarme las gallinas.
