Partamos de la base de que, como escritora que soy, pienso que se puede escribir de todo, tratar todos los temas y novelizar cualquier cosa; el arte no ha de tener límites, ha de ser el lector —o espectador, oyente— el que diga “no deseo leer esto. No me gusta ver esto”, pero el escritor no debe autocensurarse ni pensar “si escribo sobre esto me van a funar, me van a machacar”, sino más bien “¿escribir sobre esto es necesario para mi historia, para mi novela?”. Porque si lo es, adelante. Si lo pones solo por morbo, piénsatelo un poco más, pero si quieres escribir sobre algo, si por probarte a ti mismo, por capricho, por lo que sea quieres escribir sobre algo, hazlo. Escribe siempre lo que tú quieras escribir y si al lector no le gusta, que no lo lea, que tú no le obligas.

Sentado esto, aclaro que cuando soy lectora, hay ciertos clichés que como que me chirrían un poco y me dan bastante repelús. Uno de ellos es el que da título al artículo: que una mujer violada o víctima de abusos se enamore de su violador o atacante. Entendedme, no hablo de la atracción enfermiza y tóxica que puede darse entre una víctima que quizá lleva años sufriendo abusos y está convencida de que es una criatura inútil a quien solo su maltratador quiere y protege frente al mundo cruel. Eso no es amor, es un delirio psicológico. Hablo de una atracción amorosa sincera entre una mujer que ha sido violada y el violador que la maltrató. Eso detesto encontrarlo y puede hacer que un libro que me estaba gustando pase a “candidato para irse al intercambio solidario” en cuestión de segundos.

Me gustaría citar ejemplos, pero no quiero hacer spoilers, así que mejor no daré nombres, pero es algo que he encontrado en algunas novelas y me ha asqueado. Así. Y yo soy una gran amante del terror gore, así que pocas cosas me asquean. Y ya el pretender justificarlo me da todavía más patadas.

“Es que es una novela fechada en los años setenta, Delice”, ah, y como sucedió en los años setenta ya no está mal, ¿no? En los años setenta, la violación estaba tan mal como ahora, era delito igual que ahora, y rompía a una persona exactamente igual que ahora. No hablamos de que un menor de edad fume a escondidas o que un chaval de catorce fuese quitado de los estudios y metido como aprendiz en un taller, cosas que hoy no se nos pasan por la cabeza pero en los setenta era tirando a normales; hablamos de un ataque sexual. No os quiero contar si el dulce enamorado le dice a su víctima que “él no quería violarla, lo hizo porque ella demostró interés en otro… si no vuelve a demostrar que le gusta otro, tampoco él la volverá a violar. Solo se lo pedirá amablemente y ella será buena y comprensiva y se acostarán. De mutuo acuerdo, claro, porque ella no va a obligarlo a él a forzarla de nuevo”. Esperad un momento, que cargo el Winchester y vuelvo.

“Es que no sabes entender al personaje, los dos se sienten solos pero él no sabe expresar sus sentimientos y…”. Pues si uno no sabe, usa carteles, pregunta, APRENDE, no viola. No hay justificación alguna para eso salvo siendo un troglodita que han traído con una máquina del tiempo y en ese caso que usen aguijadas eléctricas, que están para eso.

Y el mejor: “¡es que es Dark Romance, no entiendes el Dark Romance!”. Entiendo que violar está mal, que iniciar una relación con una violación-secuestro-amenaza de muerte no está bien y de ahí no puede salir nada sano, pero encima pretender que eso lo lea una niña de quince años, MENOS. Que yo sé que es ficción y todo vale, pero no puede ser que niñas estén leyendo esas cositas e interiorizando que esa es una relación normal, que determinados comportamientos pueden ser aceptables porque “es que me quiere mucho”, “el amor lo puede todo”, “con la fuerza de mi amor le voy a hacer cambiar”. NO.

Así que querides amigues, escribid lo que os plazca, leed lo que os guste. Solo sabed que hay ciertos tópicos que sería bueno ir desterrando, que podéis usar si queréis, pero si es así… avisadme. Porque preferiré no leerlos. Gracias.

Delice.