Estuve veinte años con la misma pareja; pasamos de novios a casados, de casados a padres y la vorágine de tener tres hijos muy seguidos nos dejaba poco espacio para pensar en nosotros mismos. Por ciertas razones nos divorciamos. Así que, con 37 años, me quedé soltera y con tres hijos que, quincenalmente, se iban a pasar el fin de semana con su padre.

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No os mentiré: me sentí vieja, desechada, como si ya no valiera para nada. Había dedicado más de trece años a sostener una familia con todo lo que eso supone. Recuerdo andar llorando por las esquinas de casa cuando mis hijos no estaban, repitiendo como una amarga letanía: ¿quién me va a querer a mí con 37 años y tres hijos? Mis amigas me adoptaron como a un cachorro abandonado y me llevaban con ellas a todas partes.

Un día que estaba sola en casa decidí que iba a ir a bañarme y a tomar el sol; algo que no había hecho nunca sola. Siempre iba cargada de cachivaches y niños. Y no solo eso: decidí que quería probar ir a una playa nudista. ¡Porque sí, porque me apetecía!

Me planté en la playa un poco asustada. Busqué un sitio retirado y extendí mi toalla. Me quité la ropa intentando ser lo menos visible posible. Mientras mi cuerpo absorbía el calor, empecé a observar a las personas: todas desnudas. Altas, bajitas, delgadas o gordas. Tetas caídas, tetas en su sitio, sin tetas. Cicatrices, pecas, pieles tersas y pieles castigadas por el sol. Pero todo el mundo a su rollo, sin fijarse en los demás.

Decidí pegarme un baño. Me levanté lentamente con ese cuerpo que creía viejo y me introduzco en el mar. Frío, salado y precioso. Me movía libre por el agua, mis tetas se dispersaban cada una por su lado, sentía el frío en el culo y entre las piernas. Me invadió una sensación de placer que me calentó el corazón. Me zambullí sintiéndome una sirena, con mis michelines, mis estrías de mujer tigre y mis pechos con vida propia.

¡Ay, amigas! Allí mi corazón explotó de amor y ternura hacia esa mujer que una vez se sintió desahuciada. Allí entendí que quien tenía que empezar a quererse tal y como era, era yo. Nadie en la playa se dio cuenta de esa mujer que entraba escondida por vergüenza a su desnudez, a su cuerpo de madre, a su cerebro herido. Así como tampoco nadie reparó en la mujer que salía contenta y feliz de haber conseguido un reto que años atrás hubiera sido imposible.

Mostré mi cuerpo con total naturalidad ante un mundo en el que nadie me miró, ni se extrañó, ni hizo comentarios inadecuados. Me tumbé a secarme, dejando que el sol me abrazara. Y a partir de ese momento, dejé de esconderme al mundo.

Parvaty.