Cuando mis amigas empezaban a tener relaciones yo aun no había dado ni mi primer beso. No diría que es porque soy feucha ni nada por el estilo, hasta diría que soy del montón bueno, pero desde siempre mi timidez me mata. Con mi grupito de toda la vida solemos ir de fiesta prácticamente cada sábado desde que teníamos 16. 

Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí

En uno de estos sábados conocí a un chico bastante mono. No sé si es que no le gustaba o que tenía el mismo nivel de timidez que yo, pero nos hizo falta irnos saludando tímidamente casi una docena de sábados hasta poder saludarnos de palabra. Y no fue porque lo propiciásemos nosotros, sino que su grupo y el mío empezaba a “liarse” y nosotros nos quedábamos un poco apartados, mirando desde la distancia como si fuéramos extras. 

Fue una de mis amigas la que creó un grupo de WhatsApp con todos, su grupo de amigos y el mío, ya que al fin y al cabo llevábamos meses juntándonos cada sábado de forma informal y podríamos ir también a tomarnos unas cañas un día de semana. La timidez se empezó a diluir entre memes y comentarios absurdos que solo entendíamos nosotros. Él y yo nos íbamos acercando cada vez más, y nuestros amigos incluso forzaban la situación, lanzando comentarios y miradas como si fuéramos un experimento social. 

El tiempo fue pasando y el grupo estaba super afianzado cuando, en una de sus redadas, quedamos “todos” pero solo aparecimos él y yo. Estuvimos más a gusto que cualquier otro día en grupo y continuamos quedando durante una temporada así, en modo secreto. 

Fue en una de las ocasiones que me acompañó a casa que me dio mi primer beso (y aparentemente el suyo) en mi portal. No sé si por timidez o por qué, pero empezamos a tener una relación muy tranquila, que a día de hoy es casi como las que tienen los niños de 8 años: sencilla, un piquito de vez en cuando y sin contacto íntimo.

Pasados los meses “llegó el día D”. A pesar de que ya teníamos mucha confianza y entre nosotros no había la timidez del principio, llegó el día de hacerlo y estábamos como flanes. Creo que tardamos tanto porque ninguno se atrevía a ir a por preservativos hasta que un amigo entre risas le regaló uno. Era el momento. Ninguno había tenido su primera vez, ¿cómo íbamos a tenerla si nos echamos casi seis meses para un beso? 

Fuimos a su casa, empezamos a besarnos, a desvestirnos poco a poco… y llegó el momento de ponerse “la capucha”. Solo teníamos un intento de que saliese bien… y no salió bien. Se lo colocó en la punta, separó la mano un milisegundo y ¡saltó! Había caído en la cama, así que lo volvimos a coger. Volvió a ponérselo bajando un poco más, volvió a separarse menos de medio segundo… y saltó de nuevo. Esta vez no lográbamos encontrarlo. Buscamos sobre la cama, entre las sábanas, bajo la cama, entre los libros… nada. 

Nos quedamos con las ganas, pero continuamos besándonos bajo las sábanas, riéndonos de nuestra torpeza. Días más tarde, le sacamos valor, fuimos a comprar una caja de preservativos y pudimos hacerlo. Por fin, fue bonito, tranquilo, cuidadoso y un poco doloroso, pero solo la primera vez. A día de hoy ya llevamos unos cuantos. Desde entonces seguimos juntos y de ese grupito salieron más parejitas. 

Meses más tarde su madre, haciendo la típica “limpieza general”, se encontró el preservativo entrecolgado de la lámpara del techo. No había forma de explicárselo. Solo nos quedamos mirándonos, muertos de risa, mientras intentábamos imaginar cómo había terminado allí. 

Entre timidez, risas y preservativos saltarines, aprendí que el amor puede ser torpe y cómico pero siempre vale la pena.