Se un poco de cada tema, y de lo que no sé, investigo y aprendo. Soy abogada, al igual que todos en el despacho en el que trabajo. Hace unos años se incorporó un nuevo abogado, un señor de 50 años (que nadie se ofenda, es para situarnos) bastante agradable y con gran experiencia en el sector.
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Después de unas semanas me ofreció comer juntos y acepté. A pesar de su apariencia física, de señor agradable pero serio, era muy dicharachero. Me contó que su marido y él llevaban años en procesos de adopción y que estaban en el límite, ya que su marido tenía 44 años. Ambos tenían buena posición económica, por lo que no lograba entender por qué tanta espera.
Al cabo de unos meses nos avisó que en verano se tendría que pedir una excedencia, ya que “eran los siguientes en la lista” y sobre junio nacería el bebé “que adoptarían” en otra parte del mundo (y no era ni Asia ni África). Yo ya sabía que aquello no sonaba bien. Cuando le preguntaban si sabía algo de la adopción, hacía comentarios del tipo: “nos tienen que avisar, la previsión es para X día de junio, es cuando la madre sale de cuentas”. A ninguno en el trabajo nos convencía su discurso.
A finales de mayo envió un audio un domingo por la noche en el grupo de WhatsApp. Al día siguiente no se incorporaría al trabajo. Estaba en el aeropuerto tratando de salir en el primer avión a su destino, preparado para cruzar el océano para ir a por su bebé. El parto se había adelantado por complicaciones.
Durante los siguientes meses le fuimos preguntando que tal y todo parecía ir bien. Amplió su excedencia y sumó los permisos y vacaciones correspondientes. Todos en la oficina asumimos que el bebé había llegado, que todo iba bien, pero había algo en el ambiente que me hacía ruido. La manera en que hablaba, la precisión de fechas, la forma en que contaba los detalles… era demasiado meticulosa para ser una adopción normal.
La semana pasada trajo al bebé a la oficina, el día antes de incorporarse. Todos fuimos corriendo a conocerlo. El peque ya tenía casi un año. Solo hizo falta mirarlo un segundo. No hacía falta ser abogado, solo tener las gafas graduadas o la vista bien para ver que el bebé era la copia de su marido. Misma forma de la cara, misma nariz, ojos, pelo… hasta el mismo puente en los labios. ¿Por qué comenté antes que no era de África ni Asia? porque básicamente el tono de piel y rasgos faciales son muy claros y se reconoce perfectamente si es adoptado.
Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo, pero aun así nadie dijo nada en voz alta. Nadie se atrevió. Todos se sonrieron y comentaron cosas neutras como “¡qué guapo!” o “¡cómo ha crecido!”. Pero yo sabía lo que veía. Y me quemaba por dentro, porque lo que estaba claro era que mi compañero de trabajo había comprado un bebé y quería hacernos creer que era adoptado.
No es que tuviera pruebas legales, pero la intuición y el sentido común eran suficientes. La incongruencia de su relato, la perfección genética del bebé, los tiempos de viaje, todo. Me daba igual lo que dijeran los demás, yo lo veía claro: esto no era una adopción, era una transacción camuflada.
Me duele pensar que alguien pueda actuar así, que quiera manipular la percepción de los demás con un bebé de por medio. Que haya planeado esto durante meses, contado historias falsas, generando empatía y a la vez mentiras. Y yo que me dedico al derecho y la investigación, me parecía que me tomaba por tonta.
Al final, lo único que puedo hacer es contenerme. Nadie más lo quiere ver o al menos exteriorizarlo. Pero me consume saberlo. Cada comentario de “qué bonito” o “qué parecido a papá” me recuerda que detrás de esa ternura había una falsedad planificada.