Hay detalles que son indiscutibles, y el decir que los 90 eran otro rollo no es nada nuevo. Muchas de las que ahora ya rondamos los 40 recordamos aquellos años como una locura de modas descontroladas, de buscar nuestro estilo en medio de increíbles batiburrillos de tendencias que hoy consideraríamos terribles. Claro que esto es algo que perfectamente podríamos relacionar con estilos imposibles como los de los 80, pero las modas noventeras las hemos vivido en nuestras carnes ¿y por qué no reírnos un rato de aquello que considerábamos lo más?

A todo esto además debemos sumarle que la época pre-adolescente que nos tocó vivir a finales de los 90 se caracteriza por ser ese momento vital en el que decidimos buscarnos a nosotras mismas. Queríamos destacar, o pasar desapercibidas sin dejar de molar, nos dejábamos llevar por aquellos looks que veíamos en la televisión o en nuestras series favoritas y, por supuesto, flipábamos lo máximo cuando visitábamos un ‘todo a veinte duros’ donde hacernos con toda la cacharrada que ya era tendencia en la época. ¿Te apuntas a un viaje en el tiempo? Pues agárrate porque este listado mola… ¡Cantidubi!

Aquel grano de arroz con nuestro nombre grabado

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Empezamos con fuerza recordando aquella tendencia en la que caímos prácticamente todas las chicas de los 90: el grano de arroz de las fiestas del pueblo. Una pequeña cápsula con una granito en su interior en el que figuraba nuestro nombre. Por supuesto, atado al cuello por un cordón negro que, a poder ser, se ceñiría al máximo. Era prácticamente imposible leer lo que aquel grano ponía, pero de alguna manera aquella tendencia nos hacía sentir únicas y a eso hay poco que discutirle.

Leer la ‘Nuevo Vale’ aunque no nos enteráramos de nada

Las que sois algo más mayores no lo sentiríais, pero en los 90 con apenas 10 años robarle las revistas a una hermana era de las cosas más guays que se podían hacer una tarde de sábado. Y es que la ‘Nuevo Vale’ no solo estaba repleta de entrevistas inventadas y test de la amistad y el amor, sino que también tenía sus secciones hot que eran la finalidad única de aquella expedición a la habitación prohibida. Leíamos y reíamos esperando enterarnos de algo cuando realmente no teníamos ni la menor idea de lo que era un orgasmo o de por qué era tan importante eso de la primera vez.

Ponernos a tope de pulseras tibetanas

Llegó una época en la que estas pulseras de colores eran como lo mejor que podías regalarle a una amiga o incluso a tu madre. De repente tener decenas de pulseras se convirtió en una obsesión y, aunque estéticamente no eran en absoluto feas, nosotras lográbamos llevarlas al otro extremo luciéndolas todas juntas como si aquello fuese una batalla por ver quién tenía más. Las vendían en los chinos, en las perfumerías, en los todo a cien y hasta en el supermercado. Personalmente creo que los comerciales de pulseras tibetanas lo único que hacían era entrar en un establecimiento y decir ‘¿pero que aquí no las tienen? ande, ande… le dejaré aquí este expositor y haré como que no he visto nada‘.

La obsesión por las pegatinas

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Y de repente llegó esa moda en la que la que más pegatinas tenía, ganaba. Las comprábamos al metro, sí, al metro. Había tiendas que vendían rollos y rollos de pegatinas a cada cual más brillante y más bonita. Pedíamos recortes de aquellas que nos faltaban y después creábamos nuestros propios álbumes ¿para qué? Para nada, para verlas y ya está. El objetivo no era otro que poder coleccionar todas las pegatinas que pudiésemos, y encima damos fe de que muchas de ellas las vendían a precio de oro.

Sin olvidarnos de los piercing en pegatina

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Debía ser como una fiebre por todo lo que pegase, aunque fuese malamente. Pero llegó un día en el que todas teníamos en casa un paquetito con unas cuantas pegatinas en formas geométricas que utilizábamos para adornar la nariz, pegárnoslas en la frente al más puro estilo hindú o a llenarnos las orejas como si nos hubiésemos vuelto locas agujereándonos de arriba a abajo. Lo peor de todo era que el pegamento duraba poco o nada y que al final el resultado era encontrarnos mini pegatinas por casa cada dos por tres.

La locura del mundo pin

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Quizás una de las tendencias heredadas de los 80, pero también una de las más molonas. ¿Quién no tenía una cazadora vaquera con pins de todo tipo? Era el obsequio perfecto, daba igual qué empresa o marca nos regalara el pin porque lo importante era tener cuantos más mejor. Eran metálicos, brillaban y tenían formas ultra divertidas. Larga vida a la cazadora de los pins, por favor.

Una habitación con lámpara de lava era lo más

Cuando visitabas la habitación de una compañera del colegio y veías que tenía una lámpara de lava, eso era un indicativo directo de que la chica molaba y punto. Era sin lugar a dudas lo más guay que podíamos tener en los 90, aquella masa viscosa que hacía formas imposibles en colores muy vistosos. No daban luz pero al menos era de lo más relajante meterte en la cama y mirarlas hasta quedarte grogui. Sí, yo tuve la mía y todavía la atesoro como uno de los grandes regalos de mis amigas.

Mi Instagram: @albadelimon