Desde que entré en la adolescencia, mi piel blanca como la leche se llenó, en algunos puntos estratégicos de mi cuerpo, de unos gruesos, fuertes y muy negros pelos. Mi baja tolerancia a ese tipo de dolor me llevó a no soportar los métodos de depilación que conllevaban arrancarlos en algunas zonas, así que me empecé a pasar la cuchilla muy pronto. Cuando los métodos de tortura a los que me sometía mi madre (aquel aparato del demonio que hacía el mismo ruido, y el mismo efecto, que una rebarbadora) se hicieron insoportables del todo y el complejo que me crearon acerca de mis pelos desde muy joven, me llevaron a tener mis primeros sueños húmedos con la depilación definitiva.

Con el tiempo, mi SOP (que hacía que mi bello corporal fuese siempre en aumento a la velocidad de la luz) y algún defecto cutáneo que desconozco me llevaron a que, cada vez que me depilaba las ingles, se me enquistase algún pelo haciendo que me saliesen unas enormes, purulentas y dolorosas fístulas.

Después varios episodios que desencadenaron en antibiótico, intervención de urgencia (he parido 3 veces y os juro que prefiero el aro de fuego del parto que aquel drenaje en vivo en urgencias) y en caminar como un cowboy que ha dejado al caballo calle abajo por no poder cerrar mis piernas del todo por la infección, una enfermera me dijo tener la clave: “Si te sigues rasurando te seguirá pasando, si te haces la cera, la raíz puede torcerse desde más profundo y será peor, creo que, por tu bien, era mejor que te hicieses la láser completa”. ¡¿Completa?! “Si, porque si eres propensa a esto, te va a seguir pasando siempre”.

Pues en cuanto ahorré un poquito, allí me planté, en el salón de belleza de confianza y aproveché una oferta de “Cuerpo completo con garantía de por vida por sólo un riñón y medio”. Y allá me metí. El trato era: pagaba con un pelo de crin de unicornio, el ojo de un cíclope y unas gotas de sudor por el dolor que iba a pasar y ellas me daban las sesiones que fuesen necesarias en todo el cuerpo hasta que no quedase pelo y, de volver a salir más adelante, los repasos irían incluidos. Así que saqué mi daga mágica y, haciéndome un corte en el dedo, firmé con sangre aquel contrato que me dejaría lampiña del todo en poco tiempo.

Se me hizo raro que mi vulva pareciese haber perdido 25 años, pero era por un tema médico y así tenía que ser. Aproveché y me hice los brazos, que me acomplejaban un montón, las piernas, que se convertían en lijas la misma noche del día en que me depilaba, y otras partes que… En fin, totalmente innecesario, pero estaba incluido, no me culpéis.

Los efectos empezaron a verse pronto. Mis piernas aguantaban días, incluso semanas sin rascar, y cuando los pelos asomaban no eran ni la mitad y su fuerza era la de un cabello con queratina, no la de la barba de un enano del señor de los anillos. Estaba muy contenta, pero la frecuencia con la que podía acudir era extraña. Mi familia tiene unas necesidades muy concretas y no siempre podía tener una mañana entera para poder ir allí a pasar el dolor de mi vida. El día que no aparecía uno con fiebre, me llamaban del colegio del otro… Y así empecé a perder la rutina de acudir a la láser con regularidad.

Mi cuerpo reaccionaba bien, tenía ya muchísimo menos pelo, pero de pronto empecé a no soportar algunas zonas hasta el punto de tener que parar. Ni con todo el cariño del mundo que le pusieran aquellas muchachas era yo capaz de aguantar los latigazos que me pegaba aquella pistola en mi cueva del amor. Así que las pasadas eran mucho menos intensas y el tratamiento se haría más largo.

Yo me empecé a desesperar hace un tiempo y decidí escribirlo aquí pues, aunque había avanzado mucho, el tiempo entre sesión y sesión en que no me podía depilar para que no se me enquistasen los pelos, parecía una rata con tiña, con mechoncitos de pelo débil y en algunas zonas rodeadas de calvas y de algún pelo despistado que busca desesperado reencontrarse con sus vecinos. En las piernas me quedan 4 pelos mal contados y ahora puedo frotar una pierna con otra en las noches de verano sin hacerme una exfoliación profunda. Pero mi vulva es un espectáculo digno de admiración. Entre la cicatriz de la episiotomía, la chiva de cabra que quedó impertérrita en su sitio anunciando el inicio de la felicidad, las calvas y los pelos despistados que parece que vienen de superar una mala permanente, empecé a arrepentirme de haber empezado con aquello.

Quizá no me arrepiento de mis piernas, pues si que es cierto que me acomplejaban un montón, pero ¿no podía haberme dicho nadie que la otra opción para que no se me enquistasen era no depilarme? Desde que voy al gimnasio de nuevo salgo siempre maravillada con la seguridad que transmiten muchas usuarias al meterse en la ducha con sus coños rodeados de esos pelos que la evolución tan sabiamente había puesto allí. Y yo, con mi semialopecia vaginal, intento pensar en que nadie se va fijar en mi chumino sarnoso y tiro para adelante.

Hace poco me planteé dejar de acudir al centro de estética. Una amiga me lo desaconsejó, aunque solo fuera por el dineral que había invertido. Me convenció. Fui. Había cerrado. Contacté con la encargada. La empresa al completo (todas las sucursales) había cerrado sin previo aviso y no estaban pagando siquiera los despidos. Y yo, con medio tratamiento abdominal sin hacer y la mitad de la láser sin terminar, me veo en la tesitura de elegir entre  intentar pasar de todo para no generarme más ansiedad o buscar a los dueños y que me devuelvan mi dinero si no quieren que les arranque uno a uno cada uno de sus pelos escrotales.  Ya veremos lo que hago. Por ahora asumir que mi coño tiñoso se quedará así para siempre.

 

 

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.

 (La autora puede o no compartir las opiniones y decisiones que toman las protagonistas).

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