Creo que nadie habla lo suficiente de la verdadera prueba de una relación.
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No es montar un mueble de IKEA juntos, no es hacer un viaje de diez días, ni siquiera conocer a los suegros…
La auténtica prueba de fuego es: empezar a tirarse los pedos juntos, sin miedo, sin vergüenza ¡Que suene la corneta Mari!
Porque al principio todo es muy bonito: te maquillas para bajar a comprar pan, te pones perfume hasta para ver una peli en casa… te rasuras hasta el anusko…
Y, por supuesto, tus intestinos desaparecen, tu no procesas comida por favor… una se convierte en un ser humano pulcro, que está aparentemente vacío por dentro, sin caca, sin pedos, sin eructos… SIN VIDA.
Durante los primeros meses yo vivía como si mi aparato digestivo hubiera firmado un acuerdo de confidencialidad.
El problema llegó cuando empezamos a pasar fines de semana enteros juntos, porque una cosa es aguantar ocho horas durante una cita y otra muy distinta es convivir desde el viernes por la tarde hasta el domingo por la noche fingiendo que eres una criatura etérea que no genera gases.
Yo no sé cuántos pedos se tira una persona normal al día, nunca los he contado.
Pero sí sé que cada lunes, cuando me montaba sola en el coche para ir a trabajar, aquello parecía una liberación nacional de gases. Mi pobre cochecito se convertía en una cámara de descompresión de metano.
En serio te digo que había días en los que estaba convencida de que podía llegar a la oficina sin gasolina, simplemente a propulsión.
Y cuando llegaban los puentes o las vacaciones largas, la situación ya rozaba la emergencia sanitaria, no era una cuestión de vergüenza.

Era dolor físico, dolor real, como si mi cuerpo me estuviera diciendo: «Mira, reina, o sueltas algo o vamos a explotar los dos»
Pero el episodio más dramático llegó una noche después de salir de fiesta, porque habíamos bebido una cantidad indecente de cerveza.
Y yo no sé qué lleva la cerveza exactamente, pero en mi organismo actúa igual que si me comiera tres paellas familiares seguidas. Me llena muchísimo y me da unos pedos…
Llegamos a casa, nos acostamos y empezó mi peor noche porqué nenas, tenía tantos gases acumulados que no podía dormir.
Me giraba hacia un lado, me giraba hacia el otro, me levantaba al baño, abría el grifo para generar ruido ambiente. Pero luego me daba miedo que se escuchara algo y regresaba a la cama sin haber conseguido mi objetivo.
Así pasé horas, despierta: mirando al techo y con dolor de tripa.
Y con un miedo irracional a quedarme dormida y que mi cuerpo decidiera empezar a evacuar durante la noche.
Por eso sigo teniendo una duda que nadie me ha sabido resolver jamás: ¿Cuál es el protocolo? ¿Quién inaugura esta etapa de la relación? ¿Tiene que ser él? ¿Tiene que ser ella? ¿Hay que firmar algún documento?
Porque siento que existe un momento invisible en todas las parejas en el que alguien cruza la línea.
Alguien se tira el primer pedo y automáticamente la relación entra en una nueva fase.
Supongo que una fase mucho menos romántica pero infinitamente más cómoda.