Aún recuerdo cuando le regalé a mi prima de 6 años un set de sombras y labiales de juguete. Era de las Descendientes y lo encontré en una tienda Disney. Aquello me generó un conflicto de principios por cuestiones de género, pero era lo que a ella le gustaba. Al final, parte del juego de los niños se basa en la imitación, y ella, desde que tenía dos o tres añitos, pedía a mujeres adultas que le pintaran los labios.
Me convencí de que aquello no era más que un juguete vendido en una tienda para niños, y que los artículos solo tienen la connotación que los adultos les damos. Ellos, en cambio, lo que hacen es explorar y conocer el mundo que les rodea mediante el juego.
De aquello hace más de 10 años y, a día de hoy, mi prima va para la mayoría de edad y sigue siendo tan femenina y coqueta como era entonces. Eso no tiene nada de malo en sí mismo. El problema es la presión que siente por parecer siempre atractiva, los complejos y lo permeable que es a toda la publicidad de productos y servicios que te convencen de que tienes algún fallo que ellos van a solucionar. Pero no es de eso de lo que quería hablar.
Las mininfluencers
Hace poco, por otra parte, estaba haciendo cola en la caja de un súper para pagar. Delante de mí había un abuelo con una nena de dos o tres añitos, a la que se dirigió la cajera: “Uy, qué guapa estás con esos labios”. Fue entonces cuando su abuelo la miró bien y la descubrió con media cara llena de un carmín rojo que no llevaba antes de entrar en el súper, y que la niña había cogido de un expositor y usado por su cuenta mientras el abuelo se despistaba.
Anécdotas simpáticas aparte, tenemos un problema con las niñas que, siendo niñas, han traspasado la línea del juego. Puede que las hayáis visto en redes sociales y os haya resultado tan chocante como a mí: niñas hablando como si tuvieran 20 años más y relatando paso a paso su procedimiento de “skin care” o su maquillaje ¡PARA IR AL COLEGIO!
Estas niñas están poniendo en peligro la salud de su piel, que aún no está preparada para la cantidad de componentes que llevan los cosméticos para adultas. Su piel es más sensible, por lo que los productos pueden irritar y producir alergias.
Igual de preocupante es verlas quemar etapas de esa manera. Hablan, gesticulan y se comportan como adultas recortadas, pero son niñas. Pasan del juego a hacer cosas propias de adultas, acelerando su proceso de maduración. Se adhieren desde edades muy tempranas a estándares de belleza propios de adultas, corriendo el riesgo de recibir comentarios inapropiados. Hay más pederastas de los que parece, como se demostró en el caso de Luna Fulgencio.
Tampoco son apropiados los comentarios aparentemente inocentes que señalan los guapas que están. Las vuelven dependientes de la validación externa por una cuestión tan superficial como la apariencia, dejando en segundo plano los valores personales y los logros, y reforzando los roles de género.

La prohibición está infravalorada
Lo de prohibir el uso de móviles en menores genera polémica. No es una medida demasiado popular porque la prohibición genera rechazo en una sociedad como esta, en la que el concepto de libertad se ha pervertido de manera torticera y partidista. Educar en lugar de prohibir, ese es el mantra de siempre. Pero no están funcionando.
Con esas edades y prácticas, el riesgo de adicción a las redes es demasiado alto como para mostrar remilgos a la prohibición, por no hablar de la falta de privacidad y seguridad, el posible acoso y otros problemas mayores.
Ni el miedo a que no desarrollen habilidades digitales esenciales hoy día, ni al aislamiento social porque “todos sus compañeros tienen móviles”, ni la necesidad de comunicarse con él/ella, ni el temor a sus actitudes desafiantes por oposición a la prohibición pueden ser excusas. Nada de eso sirve.
Todo eso son males menores ante ventajas mucho mayores: reducir la sobreestimulación y las distracciones en el aprendizaje, evitar el acceso a contenido inapropiado o prevenir el ciberacoso y el grooming. Ni TikTok ni ninguna otra red social están hechas para niñas y niños, a ver si nos enteramos de una vez.