Todos tenemos gases. Eso es una realidad. Es algo de mala educación, está mal visto, pero seamos sinceros, es inevitable. Curiosamente, cuando estás en casa y no hay nadie ni tienes nada que hacer, no te dan ganas de soltarlos. Parece que están esperando un momento en que te puedan poner en evidencia.

Yo no soy una persona muy sociable. Trabajo en una oficina donde paso ocho horas de trabajo autónomo e intenso. No solemos trabajar con otros compañeros y cada uno de nosotros tenemos un pequeño despacho. Eso no quiere decir que cuando estoy sola suelte ahí todo lo que llevo por dentro, pero es verdad que, si la necesidad aprieta, no molesto a nadie. Pero no todo es siempre tan fácil. Mi empresa ha abierto una nueva sucursal y la junta directiva iba a pasar unos días en nuestras instalaciones viendo el funcionamiento para poder trasladarlo al nuevo emplazamiento. Por algún motivo que no comprendo, porque en realidad yo en mi empresa ni pincho ni corto, me pidieron que pasase todo el día con los jefes para ir enseñándoles cómo funcionaba todo.

Para mí aquella situación sonaba a “vas a tener que vestirte bien, pintarte un poco y parecer sofisticada y profesional”. Y es exactamente lo que hice. Hasta fui a la peluquería. Si mi superior quería que nos diésemos caché, no iba a ser yo quien lo defraudase. Y así, súper peinada, maquillada y con mi mejor traje chaqueta, esperé a los directivos de mi empresa. Eran cuatro hombres y una mujer. Podría decir que es curioso, pero suele ser lo habitual; los jefazos casi siempre son en su mayoría hombres. Empecé a enseñarles las instalaciones. Por fuera, quizás todo parecía ir bien, pero por dentro era un desastre. Por los nervios, aquella noche apenas si había dormido y me sentía llena de gases. Me tomé pastillas, infusiones… pero nada. Era como una bomba a punto de explotar.

Sentía la barriga hinchada. Podía notar los gases luchando por salir mientras yo hacía fuerzas con el esfínter para evitarlo. En algún momento y a la desesperada pensé en arriesgarme con un pedo silencioso, pero temía que el olor me pudiese poner en evidencia. Fui veinte veces al baño, pero aun así la presión seguía. Me empecé a preocupar porque seguro que mis jefes no comprendían por qué tenía que ir tantas veces al servicio y se podían plantear cualquier cosa.

El día transcurrió sin incidencias, pero para mí, con mucho sufrimiento. Fuimos a comer y aproveché el rato para salir un par de veces a la calle para “llamar por teléfono”. Los gases me estaban matando y no podía parar. Nunca me había sentido así. Por la tarde, estuvimos reunidos durante un par de horas en una sala. Ahí tuve que hacer de tripas corazón. Apretaba tanto el culo que creo que hasta se me achinaron los ojos. Pero al final todo salió bien. O eso creía yo. Porque al finalizar la reunión y tras despedirnos, mi jefe directo y yo acompañamos a nuestros superiores hasta el ascensor. Por fin se marchaban. Lo había pasado mal, pero había conseguido mantener mis gases a raya. O eso creía. Porque justo cuando la puerta del ascensor se iba a cerrar, y por más fuerza que hice apretando el culo, se me escapó un gas que sonó largo y agudo, como si fuese un globo apretado soltando aire.

Antes de que las puertas del ascensor se cerrasen, pude ver la cara de sorpresa de las personas que estaban dentro. Supongo que pensaron que era algo del mecanismo del ascensor, o eso quiero creer. Mi jefe también parecía sorprendido, pero no dijo nada. En ese momento, a mí me salió del alma decirle que quizás deberíamos pensar en engrasar aquel aparato, que hacía ruidos muy raros. Quizás ahí estuve fina, pero no sé si la excusa sirvió de algo porque me alejé de allí tan rápido que no me dio tiempo a escuchar su respuesta.

Y sí, creo que aquel fue uno de los peores momentos de mi vida laboral, pero sinceramente creo que lo de tener gases debería estar más normalizado. Que se nos escape uno en el gimnasio, comprando o en cualquier momento, teniendo en cuenta que nos puede pasar a cualquiera, no debería estar tan demonizado. Que todos nos tiramos pedos, por muy jefes que seamos o mucho dinero que tengamos. Que en eso todos somos iguales. Que es un tabú que huele a rancio y no solo por lo obvio, y que es cuestión de libertad y no de libertinaje gaseoso. Aunque es probable que la sociedad aún no esté preparada para comprenderlo.

 

Lulú Gala