Nunca he sido nada presumida, ni de pequeñita en esa fase en la que muchas niñas adoran vestirse de princesas y pintarse los morros con los labiales de sus mamás. Yo jamás he hecho eso, ni me ponía sus tacones, pedía peinados imposibles ni me ponía pinzas de la ropa en los dedos a modo de uñacas, como hacían algunas de mis amigas.

De niña pensaba que de mayor me gustaría más hacer todas esas cosas que se presuponían en las chicas. Pero, qué va, salvo algún momento muy puntual durante la adolescencia, me hice adulta sin haber comprado jamás ni un brillo para los labios. Obvio que me he visto obligada a vestirme formal y elegante para algún evento o similar que exigiera algún tipo de etiqueta. No obstante, siempre he ido picando de mi madre o de alguna amistad lo que viene siendo el potingueo facial. Porque hacer la inversión en mi caso, era tirar el dinero. Creo que ya he dejado claro que me gusta vestir informal y cómoda. Y que, salvo contadísimas ocasiones, voy por la vida a cara lavada.

Pues bien, teníais que ver a mi hija. Es la reencarnación de la ratita presumida. Todavía no caminaba y ella ya quería pintarrajearse la carita. Qué le gusta un disfraz, unos zapatitos de esos con tacón, purpurina y brillibrilli a tope. Ella es feliz peinándose, vistiéndose y, sobre todo, maquillándose. No quiere muñecas, cuentos ni bicicletas (que también, a ver, es una niña), si le preguntas lo que quiere es estuches de pinturitas, pintauñas, brochas, pinceles, sombras de ojos ¡mascarillas! Le flipa ponerse mascarillas mientras se da un baño de sales. ¡¿Os parece normal?!

De verdad que lo suyo es mucho. Y como la familia y amigos ya la conocen, todos le regalan ese tipo de cosas que saben que son un acierto fijo. Por lo que la niña tiene todo un arsenal, ya que hemos llegado a un punto en que no se limitan a regalarle los típicos de niña. No, no, ella tiene productos de adulta y además de cierta calidad.

No os creáis que la peña le compra cosas del bazar. Ella tiene sus productos de marcas tan variopintas como Kyko, Bourjois o Sephora. Total, para nada, para que se le caduquen. Porque yo ni la dejo pintarse a diario ni la dejo salir de casa como si se hubiera maquillado con la pistola de Homer jamás. Pero, bueno, ya que algo le dejo porque es lo que le más le gusta, al menos que se ponga en su bonita piel productos de relativa calidad. Al fin y al cabo, tiene alguna ventaja, pues cuando me quiero arreglar un poco le robo el maquillaje a mi hija de 6 años y, mira, voy apañando.

Porque es verdad que me da una o dos veces al año, sin embargo, desde hace un tiempo (yo creo que de verla a ella) de cuando en cuando siento el impulso de pintarme el morro de rojo. Así que voy al pedazo de armarito en el que lo tiene todo guardado y escojo el tono de rojo que más me apetece (hay varios, además de otros mil tonos). Me puedo pintar los labios, poner colorete, sombras de ojos e incluso hacerme la raya en negro, azul o marrón. Si estoy muy atrevida, tengo a mi disposición también glitters varios y hasta algunos stickers de piedritas. La niña máscara de pestañas no gasta (porque se lo tengo prohibido, que si no…), pero tiene un par de rizadores.

Vamos, que ¿quién necesita más? Yo no, desde luego. No gasto ni un euro, con el surtido de mi niña tengo más que suficiente.

 

 

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