Carmen es ahora una mujer adulta y feliz, conforme con su cuerpo y segura de sí misma. No porque haya estado siempre en un entorno seguro, no porque cumpla con los cánones de belleza hegemónica, tampoco por un milagro, sino porque ha hecho mucha terapia. (Por eso y porque es una mujer muy bella, objetivamente hablando, creo yo).

Cuando Carmen era pequeña su madre no trabajaba fuera de casa, así que podía disfrutar de su presencia todo el tiempo que no estuviera en el colegio. Pero igual que su  madre, las hermanas de su padre tampoco salían a trabajar fuera, así que aprovechaban sus tardes libres para ir a casa de Carmen a hacer compañía a su madre.

Dicho así parece digno de agradecer, a mí me encantaría tener compañía adulta de vez en cuando en mi casa; pero para la madre de Carmen no eran una grata compañía, no eran un apoyo, un alivio. Eran dos mujeres algo más mayores que llegaban a su casa a decirle cuantas tareas de casa tenía mal hechas, cuantas no hacía que debería hacer, lo mal que estaba criando a su hija y, de paso, gorronearle el café.

Cada tarde, la misma cantinela. Su marido se despedía con un beso al poco rato de llegar sus encantadoras hermanas, que tan amables se ofrecían a pasar la tarde “ayudando con la niña” y, cual gremlin que cena tarde, en cuanto su hermano atravesaba la puerta de salida, ellas empezaban la ronda del día.

“Pero tú no ves cómo tienes este mueble de polvo ¿verdad?” “¿Cuándo fue la ultima vez que limpiaste a fondo este baño?”

Ella lo soportaba porque sabía que su marido vivía adorando a sus hermanas. Creía que si le decía lo que ellas le hacían no la creería, pues siempre ser habían llevado genial, y podía traer problemas al matrimonio.

Toda esta situación vino desde que la niña nació, pues ellas pretendían organizarles la vida y su hermano, en nombre de la familia, no les había dejado. Ellas la culparon a ella y… Así es cómo llegó a la situación de soportar durante años las faltas de respeto.

Cuando la niña cumplió 6 añitos, de pronto, empezaron los “motes cariñosos”. Vaquita era el más habitual. La madre de Carmen estaba embarazada de nuevo, Carmen nunca había sido una niña delgada, pero la situación de vulnerabilidad de su madre, el hecho de que ahora sí las necesitase, pues llevaba un embarazo horrible, despertó todavía más la maldad de aquellas dos brujas.

Le restringían la merienda y le decían que, si seguía así, de mayor sería una gorda como su mamá. Además, pocos hombres tan generosos en el mundo había como su hermano, capaces de estar con una gorda.

La niña por las noches hablaba con su madre, que le repetía que no hiciera caso de sus tías, que eran unas mujeres peculiares y que no debía tener en cuenta sus palabras.

El hermano de Carmen nació y las atenciones se centraron en el nuevo varoncito de casa. Todos los regalos que jamás le habían hecho a Carmen, las carantoñas que nunca le dedicaron, los halagos a su belleza fueron todos para su hermano.

Carmen y su madre aguantaban el chaparrón, su padre seguía sin saber nada, pero aquel bebé creció y se convirtió en un niño inquieto y parlanchín que no tardó en decirle a su padre que por qué sus tías tenían que venir todos los días y que él las prefería cuando papá estaba en casa, porque después eran malas con mamá y Carmen.

Hubo gritos esa noche en la habitación de los padres de Carmen. “¡¿Cómo no me lo dijiste antes?!” decía su padre mientras su madre lloraba.

Al día siguiente, la rutina no parecía haber cambiado lo más mínimo. La madre de Carmen no paraba de decir “Me echarán la culpa a mí”. Pero su marido tenía un plan. Como cada tarde, las dos mujeres llegaron a la hora del café y su hermano se despidió de ellas con un beso. Pero el hijo pequeño le abrió la puerta de atrás para que volviera a entrar sin que ellas se percatasen.

Aquel hombre debió de alucinar más que en toda su  vida, pues ese día venían especialmente inspiradas y lo primero que hizo una de ellas fue abrir la nevera y quejarse de que todo lo que ella elegía para su hija parecía hecho a propósito para que la vaquita fuera una gorda como su madre. Mientras, la otra le decía que, con la cantidad de mierda que acumulaba en las estanterías, lo raro sería que sus hijos llegasen a adultos sin alguna grave infección por vivir rodeados de mierda.

El padre de Carmen entró sin hacer ruido y contestó a su hermana que, sin tan sucia estaba su casa podía hacer dos cosas, ponerse a limpiar ella o largarse inmediatamente. Las dos saltaron del susto y su mujer empezó de nuevo a llorar. Nunca soportó los conflictos y, como hasta ahora, prefería aguantar que enfrentarse a una situación así.

A la otra hermana tardó en dirigirse. Ella debió creer que a ella no le había oído pero, tras gritar diversos improperios a su hermana mediana, se giró lentamente hacia la mayor y, señalando con un dedo acusador, le dijo que a ella no le diría nada más, que saliera de su casa inmediatamente y que se olvidase que alguna vez tuvo un hermano, que no permitiría que nadie faltase así al respeto a su mujer en su casa y, muchísimo menos, a su hija.

El hermano de Carmen era demasiado pequeño para entender lo grave de lo que allí ocurría, él se reía contento y celebraba cada palabra de su padre como si se tratase de goles de su equipo de futbol del colegio.

Pero Carmen sabía que sus abuelos recibirían la historia distorsionada, que la familia de su padre sería todavía más manipulada y que estarían expuestos. Pero a su padre le dio igual.

Él sabía que todo lo que le hacían a su hija había sido por dañar a su mujer, pero las consecuencias fueron un TCA como una casa, un complejo enorme, una culpa terrible, miles de dietas absurdas y muchas inseguridades…

Hoy su tía le tuerce la cara indignada cuando la ve por la calle, pues nunca más se le permitió acercarse a la familia y Carmen me cuenta la historia con un café en la mano y una sonrisa en la boca. No porque le haga gracia, sino porque lo único útil que heredó de aquellas dos fue el cinismo, pero en su caso, libre de hipocresía y maldad.

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.