La fashion week de los gimnasios 

Hoy os vengo a hablar de un tema que me tiene ya hasta el mismísimo higo.  

Yo soy una chica muy activa, me encanta hacer deporte, ir al gimnasio, entrenar con pesas,  hacer ejercicios de fuerza, ir a clases de baile, practicar boxeo, en fin, que son actividades que  me encantan y que practico desde hace años. 

La cuestión es que, de un tiempo aquí, más en concreto desde la creación de redes sociales  como TikTok o Instagram, los gimnasios están plagados de Gym Bro’s con trípode que están  más pendientes de buscar el mejor ángulo para su bíceps que del entreno en sí. 

Cuando entras en la sala de máquinas, te das cuenta de varias cosas: 

La primera, es que aquello ya se ha convertido en una pasarela que me rio yo de la de Victoria’s  Secret.  

Por si las mujeres no sufríamos ya bastante presión y violencia estética, ahora, resulta que no  puedes ir a entrenar de cualquier forma, no señor, ahora, tienes que ir con un outfit  perfectamente planificado, con determinados leggins push up que te ponen el culo en la nuca,  con sujetadores sofisticados y perfectamente conjuntados, bambas técnicas específicas y con  los calcetines con el loguito de la marca por encima del leggin, con tu botella super aesthetic  en tonos pastel y con brilli de litro y medio con el batido de My Protein, con tu toalla super  cute, el último modelo de pulsómetro para medir como se disparan tus pulsaciones cuando ves  al mamado del gym, los auriculares megapro que te aíslen del ruido y, por supuesto, no podía  faltar, ir maquillada como una puerta, porque, claro ¿cómo vas a ir a cara lavada sin peinarte  las cejas, ponerte el gloss en los morros y el iluminador? 

Tienes que ir super aesthetic porque si no parece que desentonas y te van a mirar como en  Mean Girls. 

Vamos, un despliegue digno de la mismísima JLo. 

Lo segundo, es que aquello se ha convertido en una carrera de obstáculos donde,  sistemáticamente, a medida que avanzas entre la fauna autóctona de Gym Bro’s y numerarias  de la secta del leggin del culo en la nuca, tienes que activar tus sensores y agudizar todos los  sentidos para ir esquivando los trípodes, los móviles y las cámaras con las que todo el elenco  de streamers, influencers y youtubers están haciendo directos, grabando sus rutinas o  haciendo una sesión de 300 fotos de cada uno de sus músculos frente al espejo porque están  encantados de conocerse (lo de las chicas haciéndose el selfie de rigor en cada espejo que  encuentran poniendo morritos ya lo dejamos para oro post). 

Vamos, que la nueva esclavitud de nuestros tiempos es ser aesthetic y retransmitir tus  entrenos como si fuera “El show de Truman”. 

Luego, a todo esto, hay que añadirle las consecuencias que acarrea toda esta avalancha de  fronteo, que, entre las más perjudiciales, está el hecho del monopolio de las máquinas por  tiempo ilimitado hasta que terminan de grabar la secuencia o hacer el shooting completo. 

Por otra parte, por si no hubiera ya suficientes dificultades, tenemos a los grupos de  adolescentes ebulliscentes que podríamos denominar “niños brócoli” (en este milenio hemos  cambiado de vegetal, antes eran los champiñones y ahora el corte de pelo de moda es el del  brocoli) que son esos grupitos de panas que se reúnen en torno a las máquinas de chill mientras comparan cuanto peso carga cada uno, comparten “bro tips” para estar mamadisimos y stalkean a su crush hasta el día del juicio final. 

Mientras tanto, tu, tratas de mantener la calma estoicamente (porque te has leído el libro de  Marcos Vázquez y nada va a alterar tu paz o tu expresión facial) y ver buenamente qué hacer.  

En ese momento, entras en una especie de crisis donde tu objetivo es ordenar tu rutina en  función de la disponibilidad de las máquinas y de los huecos libres de performance. 

Y yo me pregunto ¿qué está pasando? 

¿Estamos todos locos? ¿Es el fin del sentido común y la era del narcisismo al cuadrado? 

¿En qué momento los gimnasios pasaron de ser centros de entrenamiento físico a set ups para alimentar nuestros egos? 

Por no mencionar el cringe que dan esos especímenes (que por desgracia se multiplican a la  velocidad de los euros en la cuenta de Ibai) que se dedican a criticar los cuerpos ajenos desde  su pedestal de arrogancia como buenos discípulos de Llados. 

En fin, amigas, que parece que es el fin de la era en la que los gimnasios eran centros de salud y  bienestar donde ibas a ejercitar el cuerpo y a liberar la mente.

 

Happy Gals