Ay, si yo os contara… ¡Qué ilusión me hizo! Mi mejor amiga no solo se casaba, sino que, además, me anunció que yo sería su dama de honor. En ese momento, mi mente empezó a proyectar una especie de película romántica: me veía luciendo un vestido precioso, caminando con elegancia por el pasillo, y, quién sabe, quizá incluso llamando la atención del hermano del novio para iniciar mi propia historia de amor.

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Ay, pero qué ingenua. Qué engañada estaba. Sin saberlo, me iba a sumergir en un guion de película, sí, pero de terror. De creerme que iba a vivir uno de los momentos más felices de mi vida, fue sin duda el día más caótico. Y os aseguro que el título no es una exageración, ¡me quedo corta! Lo que viví no tuvo nada que ver con un cuento de hadas, sino con un efecto dominó de desastres en cadena que aún me hacen temblar cada vez que los recuerdo.

El vestido desaparecido: de princesa a cortina victoriana

¿Por dónde empiezo? Ah, sí, por el vestido. Imaginadlo: nada de tules, volantes o cancán. Pasé horas en la costurera, probándome telas, patrones y soportando alfileres que dejaron mi piel como un colador. ¿Para qué? Pues para que, el día de la boda, como si fuese un truco de Houdini, el vestido… ¡DESAPARECIERA!

La diseñadora, con cara de póker, no podía (o no quería) explicar qué había pasado. Según ella, lo había dejado en el maletero de su coche… abierto. ¡Abierto! No hacía falta ser Sherlock Holmes para imaginar lo que probablemente ocurrió, aunque en el fondo siempre he creído que simplemente no llegó a tiempo y se inventó la historia o, peor aún, quería vengarse de mí por algo.

La «solución» que me ofreció fue un desastre. Pasé de soñar con ser una princesa a parecer una patética cortina victoriana de esas que ponen en casas de abuelas con muy mal gusto. ¡Qué humillación! Os juro que hubiese dado cualquier cosa, incluso un brazo, por salir con unos vaqueros y mis queridas Vans. Al menos hubiese tenido un poco de dignidad.

La novia en crisis: cuando casi no hay boda

Venga, no pasa nada, me dije. Iba disfrazada de salón de los Bridgerton cuando yo quería ser Daphne, pero, al fin y al cabo, no era mi boda, era la de mi mejor amiga. Y ella… Ella no se quería casar.

Os juro que no sé qué golpe se dio en la cabeza aquella mañana, pero estaba decidida: no había boda. Por supuesto, yo soy muy feminista. Mi primer pensamiento fue que no iba a convencerla de hacer algo que no quería, y mucho menos a firmar un contrato que la uniera de por vida a un hombre que, en ese momento, parecía no querer ni ver. No iba a hacerlo. Pero lo hice.

Me dio pena. Me supo fatal porque el novio era un chaval encantador y, para qué mentir, se habían dejado un dineral en organizar una boda digna de Pinterest, con 300 invitados que, como yo, esperaban ansiosos el solomillo. Así que allí estaba yo, en mi papel improvisado de coach emocional, montando argumentos a favor del chico como si fuera su abogada defensora. Todo lo decía con mi mejor tono persuasivo, pero añadiendo siempre la coletilla de «en cualquier caso, lo que decidas bien decidido estará». Mientras tanto, por dentro, rezaba a todos los dioses —aunque sea agnóstica— para que superara la crisis y se plantara en el altar.

Se plantó. ¡Bien! ¡Genial! Por un momento pensé que la pesadilla había terminado. Peeeero… siempre hay un pero, ¿verdad? Y en este caso, el pero era yo. La cortina victoriana con alma de dama de honor tenía una misión clave: custodiar los anillos.

El problema es que ni siquiera recordaba haberlos cogido. Mientras el cura carraspeaba la garganta por enésima vez, en un silencio que se hacía más incómodo a cada segundo, me di cuenta de que estaba completamente improvisando en un día que no tenía margen para improvisaciones. Así que, en una jugada desesperada, me giré hacia los familiares y pedí «prestados» un par de anillos.

El abuelo de él y la madre de ella, con miradas que oscilaban entre la confusión y la incredulidad, accedieron a ceder sus propios anillos «sin presión» (nótese la ironía). Gracias a ellos, la ceremonia pudo continuar y todos fingimos que aquello era parte del plan. Aunque, para ser honesta, en ese momento deseé que Houdini apareciera (otra vez) y me hiciera desaparecer a mí.

El discurso improvisado que nunca debí dar

Ya en el banquete me quedó claro que no era la dama de honor, sino la presentadora en prácticas del programa de Antena 3, ‘Desapariciones inquietantes’. ¿Por qué? Porque también había desaparecido mi discurso. Quizá estaba con mi vestido de princesa o con los anillos que presté. Quién sabe. Lo único seguro es que, una vez más, tuve que tirar de improvisación. A este paso, los Goya me esperan.

El problema fue que, entre los nervios y las copas que llevaba encima, mi improvisación se convirtió en una lluvia de tonterías que, sinceramente, todavía me hacen sudar al recordarlas. Comenté cosas como: “Seguro que todos hemos venido por el solomillo, pero ya que estamos, brindemos por los novios” o “¡Qué guapo está el novio! Igual me toca a mí la próxima vez… digo, su hermano, ¡su hermano!”. Lo peor llegó cuando intenté ser profunda y dije algo como: “El amor es como el jamón: si es bueno, vale la pena invertir, pero si es barato, mejor dejarlo pasar”.

Las risas incómodas de los invitados se mezclaban con las miradas de incredulidad de los novios. Yo solo quería desaparecer, pero allí estaba, aferrada al micrófono como si fuera un salvavidas en medio de un naufragio.

Y hay más cosas, pero entre el alcohol y el shock postraumático, mi memoria ha decidido borrar partes del caos para protegerme. Lo que sí os puedo decir es que, dos años después, lo peor no es el recuerdo de aquella boda, sino que ya no tengo trato con esa pareja que, hablando de todo un poco, se separó a los seis meses del enlace. Vamos, que quizá mi amiga tenía razón desde el principio y no quería casarse.

Conclusión: no sirvo como dama de honor, y mucho menos como coach emocional. Así que, oficialmente, me retiro del negocio. Que las futuras novias busquen a otra para salvar sus bodas; yo ya di todo lo que tenía que dar… y me quedó claro que no era suficiente.