Hace un par de años, mi hermana me propuso ir a la feria con ella y un grupo de compañeros de trabajo. Yo, que no tenía mejores planes aquella tarde, acepté encantada y me uní junto a mi pareja a aquella salida que prometía ser tranquila. Ilusa de mí.

Nada más llegar a la feria intenté contactar con mi hermana sin éxito. Pero, para quien no haya ido nunca, eso es completamente normal. La cobertura en feria funciona regular tirando a fatal y las llamadas perdidas son el pan de cada día. De poco sirve que el móvil vibre si estás dentro de una caseta con la música tan alta que te retumba hasta el suelo.

Testimonios reales directos en tu móvil, chollazos y ofertones aquí — https://whatsapp.com/channel/0029VbCFxa04Y9loKPiq5B2k

Si prefieres en Telegram es aquí https://t.me/mundochollazo

Intenté buscarla primero por las casetas de ambiente, esas donde en vez de sevillanas suenan reggaetón, flamenco fusión y canciones para darlo todo con el rebujito en la mano. Pero ni rastro. Entonces recordé que iba con compañeros del trabajo y pensé que probablemente estarían en una caseta más tradicional. Mientras caminaba escuché un grupo tocar canciones de Juanito Makandé y Los Delincuentes en directo y automáticamente pensé: “mi hermana tiene que estar aquí”. Porque ese es exactamente nuestro rollo. Y allí estaba.

La encontré bailando en corro y cantando como si estuviese en el concierto de su vida. Al principio todo iba bastante normal. Empezamos con las presentaciones:

Primero estaba Marta, una compañera de mi hermana algo mayor que ella y embarazada hasta la boca. No sé de cuánto estaría exactamente, pero yo solo podía pensar que en cualquier momento se ponía de parto allí mismo entre rebujitos y sevillanas.

Luego estaba Rafael y su hijo Toni. Rafael era un hombre peculiar. Muy bromista, muy feriante y con bastantes menos dientes de los recomendables. Yo, que soy adicta a los memes y vídeos absurdos de internet, tardé exactamente tres segundos en verle parecido al mítico “Papá Vampiro”. Y lo digo sin maldad ninguna. Es que se parecía y punto.

Su hijo Toni era el típico adolescente enfadado con el mundo. Tenía una cara que dejaba clarísimo que no quería estar allí, pero probablemente, por temas de custodia y obligaciones paternas, no le había quedado otra opción que tragarse la feria con su padre.

Y por último estaba Paqui. Paqui era una señora mayor que perfectamente podría haber sido mi abuela. La típica mujer andaluza con arte hasta para pedir otra copa. Ruidosa, simpática, con ganas de bailar todo lo que sonara y con una energía completamente incompatible con su edad.

A simple vista ya se veía que aquel grupo era peculiar. Aunque, pensándolo bien, no hay nada más típico en una feria andaluza que eso: un grupo de personas completamente distintas entre sí reunidas simplemente para echar un buen rato.

A medida que avanzaba la tarde y el alcohol empezaba a correr peligrosamente por nuestras venas, todo se volvió todavía más extraño.

El concierto terminó y apareció una especie de showman vestido con un delantal de lunares y volantes, en gayumbos, dispuesto a amenizar la caseta. El hombre iba dando chupitos directamente de la botella y saltando encima de la gente como si fuera una estrella de rock.

Mientras tanto, Marta empezaba a ponerse la mano debajo de la barriga porque le dolía de tantas horas de pie y la gente alrededor ya nos miraba con miedo pensando que iba a producirse un parto en mitad de la caseta.

Rafael bailaba cualquier canción como si estuviese en una competición internacional de breakbeat, moviendo los brazos sin control y enseñando orgulloso su sonrisa desdentada.

Y Toni seguía con cara de adolescente amargado… hasta que sonaba alguna canción que le gustaba y entonces se arrancaba a bailar como si nadie lo estuviese viendo.

Pero el momento definitivo llegó cuando mi hermana volvió del baño con Paqui. Mi hermana venía con la cara completamente desencajada y yo pensé que había pasado algo gravísimo. Hasta que me señaló discretamente a Paqui.

Paqui tenía la frente llena de albero, restos de sangre en la cara y una expresión absolutamente tranquila. Eso sí: el cubata seguía intacto en una mano y el cigarro en la otra.

Al parecer, al intentar hacer pis en cuclillas —como hacemos todas las mujeres en los baños de feria para evitar cualquier tipo de contacto humano con esos váteres infernales— apoyó las manos en la puerta pensando que estaba cerrada, pero no lo estaba y acabó estampándose de boca contra el suelo.

En ese momento miré a mi alrededor: la embarazada a punto de parir, el señor bailando breakbeat sin dientes, el adolescente deprimido, Paqui ensangrentada sujetando su cubata como una auténtica superviviente, mi hermana riéndose hasta llorar y mi novio con cara de qué coño hago aquí. Y pensé que aquello era, literalmente, el circo de los horrores.

Pero también pensé que probablemente esas son las mejores tardes de feria: las que acaban siendo un desastre absoluto y una anécdota imposible de explicar sin que parezca inventada.

Porque al final, las ferias son así, sales pensando que vas a tomarte “una copa tranquila” y acabas formando parte del grupo más surrealista que has visto en tu vida.