Frita. Asada y sobre todo muy, muy harta. 

Cuando mi ginecóloga me habló de la perimenopausia me hizo gracia, no voy a negarlo. Pensé, of course, que era un nuevo término que alguien se había inventado para añadir más misterio  a , la ya de por sí, complicada vida hormonal de una mujer cualquiera. 

Salí de la consulta con una media sonrisilla irónica. En mi cabecita, lo que ella me había  contado no era nada más que ciencia ficción. Que si era conveniente empezar a prepararse física  y mentalmente para la menopausia, que si es el momento de empezar a cambiar hábitos…  vamos la misma cantinela de cualquier especialista (debe ser de primero de medicina, pensaba yo) 

La verdad, es que una vez hecha mi revisión anual, citología incluida, me olvidé por completo  de la charla con la ginecóloga. Que tengo 40 años, que aún me estoy pensando si quiero o no  ser madre…en fin, que no, que esto no va conmigo. 

Pero, al parecer, no es tan fácil librarse de la peri. Parece ser que no basta con olvidarse de las recomendaciones.  

A mí me pilló por sorpresa ( y estaba requeteadvertida); una madrugada, a las 3.50 me  desperté con una sensación de angustia y con el corazón súper acelerado. Evidentemente, no  le di importancia. Seguro que había sido una pesadilla. 

Las siguientes noches dormí completamente destapada porque tenía mucho calor (es lógico,  estamos en verano, pensé, sin tener en cuenta que de normal soy como un témpano de hielo). 

Al cabo de unas semanas me despertaba varias veces de noche y en ocasiones tenía que  destaparme porque tenía muchísimo calor y al rato me moría de frío. 

El caso, es que esta rutina (despertar- me destapo- me tapo) se fue instaurando en mis noches  y claro amanecía más cansada que cuando me había acostado y con la claridad mental de un  topo excavando un túnel. 

Por no hablar de la poquísima paciencia que tengo con todos los imbéciles del mundo, ¡que no  son pocos! y la hartura de llorar que me doy con los gatitos de la calle y lo que me molestan  los olores a comida de las escaleras de mi edificio y el asco que me da el pelo graso de mi  compañera de trabajo y las “ni putas ganas” de seguir la mierda de conversación de mi vecina  la pesada y lo cansino que es mi novio y la pereza que me da toooodo y lo que me duelen las  articulaciones cuando hay humedad. Joder . 

¡¡Pero si solo tengo 40!! 

Pero…lo peor, si cabe, estaba aún por llegar. La ropa parecía encoger dentro de mi armario. A  lo bestia. Al principio, pensé que podía ser el programa de la lavadora , pero al fin hubo que  rendirse a la evidencia: mi cintura no cabía en el contorno de mis pantalones. 

Creo que fue aquí cuando recordé las palabras de mi ginecóloga ( ya veis que soy muy dura de  entendederas cuando algo, a priori, no me interesa). 

Ahora vivo en hiper alerta máxima ante cualquier atisbo de nuevo síntoma real o ficticio.  También vivo rodeada de suplementos. Cada día las redes me recomiendan uno nuevo. La ashwagandha. Pero , en serio, quién conoce esa puñetera planta o lo que sea? Cómo llegamos  vivos hasta aquí sin saber de ella? 

Que aburrimiento!!! Ojo que yo veo muy bien normalizar todas las etapas de la vida, darle  visibilidad y todo eso, pero el algoritmo me persigue y me tiene muy muy harta. Y no se puede  escapar de él! Abro el IG y solo me persiguen señoras estupendas dándome recomendaciones  para que mi cintura vuelva a caber en mis pantalones. Lloro. Me enfado y tengo taquicardia.  Creo que voy a pedir cita, de nuevo, con mi ginecóloga y esta vez sí que prometo hacer caso de sus recomendaciones.