Tengo 40 y tantos años, una hipoteca, un marido, un hijo, responsabilidades y la capacidad de sobrevivir a todos los retos que me quiera poner la vida. Soy una persona adulta.
Pero hay algo que sigue convirtiéndome en una niña de ocho años en cuestión de segundos. La necesidad desesperada de que mi madre esté orgullosa de mí.
Sí, lo sé. Suena triste. Incluso un poco patético. A mí también me lo parece. Porque, a estas alturas de la película, una debería tener la autoestima suficientemente trabajada como para que la opinión de sus padres no determinara cómo se siente consigo misma.
Pues sorpresa. Hay heridas de la infancia que no entienden de cumplir años y siguen intactas.

Lo reconozco, aun sigo mendigando el amor de mis padres, porque crecí sin él. Crecí siendo contantemente comparada con mis amigas, con mis primas, todo el mundo valía más que yo. Siempre era yo la más torpe, la más inútil, la que quería estudiar una carrera que no valía para nada mientras mi prima estudiaba Derecho.
Lo sé, ahora mismo debería odiar a mis padres. O como mínimo sentir indiferencia, no tener contacto con ellos. Pero sigo pidiendo su opinión para cada decisión que tengo que tomar, sigo esperando su aprobación para todo lo que hago.
Necesito experimentar esa sensación de sentirme validada por las dos personas cuya opinión más ha pesado en mi vida. Especialmente por mi madre.
Hubo un día que me hizo darme cuenta de hasta qué punto seguía siendo esa niña.

Me ofrecieron un puesto de responsabilidad en mi trabajo. Estaría a cargo de varias personas como jefa de sección además de una importante subida de sueldo. Era un puesto para el que llevaba años preparándome y por fin lo conseguí.
Estaba feliz. Mi marido se puso súper contento cuando se lo conté. Mis amigas me felicitaron y me dijeron que cuándo lo celebrábamos. Todo el mundo a mi alrededor parecía festejar mi nuevo puesto de trabajo.
Pero esa felicidad me duró exactamente hasta que llamé a mi madre.
Le conté, con esa ilusión absurda que me habían ascendido en el trabajo. Esperaba un “qué bien”, un “me alegro por ti”, un “estoy orgullosa”.
Su respuesta fue otra muy distinta: “Bueno… tampoco es para tanto.”
No recuerdo exactamente qué dijo después. Solo recuerdo cómo me sentí. En cinco segundos pasé de creerme una mujer segura de sí misma, una triunfadora, a convertirme en una niña que solo quería que su madre le dijera que lo había hecho bien.
Y lo peor es que ni siquiera me enfadé. Pensé que quizás ella tenía razón. Que un ascenso en el trabajo tampoco es para tanto. Que quizá yo estaba exagerando.
Pero es que esto me ha pasado toda la vida. Cuando le dije que me quería comprar un piso, su respuesta fue “pues a mí no me pidas que te avale”. Cuando le dije que estaba embarazada y que iba a ser abuela, me soltó: “pues ve buscando guardería que yo no me pienso quedar con ningún bebé”. Y así con todos los acontecimientos importantes de mi vida.
Mi psicóloga me explicó que los niños construyen su autoestima a partir de cómo les miran sus figuras de referencia, que normalmente son los padres. Si durante años sientes que solo recibes atención cuando sacas buenas notas, cuando obedeces o cuando haces exactamente lo que esperan de ti, acabas asociando el amor al rendimiento.
No aprendes que te quieren por ser quién eres. Aprendes que te quieren cuando cumples sus expectativas. Por eso mi ascenso no era importante, porque trabajo en algo que a ellos les parece una chorrada. Por eso mi hijo no es importante, porque me casé con un hombre que ellos no aprobaban.

Creces con una necesidad constante de validación porque aprendiste que el amor había que ganárselo.
Todo esto lo sé y, aunque he ido a terapia para superarlo, sigo buscando que mis padres se alegren alguna vez por uno de mis logros. Mi psicóloga me ha recomendado que haga contacto cero con ellos, pero no soy capaz. Son mis padres, son quienes me dieron la vida, y no puedo.
Quizá hay heridas que no desaparecen del todo y aprender a sanar consiste en aceptar que hay padres que nunca sabrán dar el amor que sus hijos necesitaban. Y eso es muy doloroso de asumir.
Mientras tanto, sigo haciendo un ejercicio diario: recordarme que el valor de mis logros no debería depender de la validación de mi madre. Que sigo siendo una buena profesional, una buena madre y una buena persona, aunque nunca escuche de su boca esas cuatro palabras que llevo toda la vida esperando: “Estoy orgullosa de ti”.
