Mi marido se apuntó al gimnasio para adelgazar. Hasta ahí todo correcto. 

Empezó yendo a última hora de la tarde, para después darse una ducha y para cama. Después fue probando alguna clase dirigida y le gustó más que solo utilizar las máquinas. Hizo grupito con varios chavales de su edad y se reunían diariamente en el gimnasio para compartir las clases. Yo, por supuesto, animándole, ya que me parecía super bueno para su salud. 

En menos de un año mi marido bajó más de 50kg, también decidió apuntarse cuando rozaba los 180kg, por lo que el cambio a parte de ser brutal físicamente, en salud lo estaba notando muchísimo. Su nueva pandilla lo apoyaba en el gimnasio, y yo en casa con recetas súper saludables. 

Cuando alcanzó los 100kg tuvo un parón, parecía que no conseguía bajar un gramo más. Se pasó unos dos o tres meses que era medio kilo arriba, medio kilo abajo, estaba super desmotivado. 

Ahí apareció el “coach” del gimnasio. Lo llaman “El Entrenador”, pero creedme, es un coach de pacotilla que todavía no se ni como acabó ahí. 

Al principio le recomendó los batidos de proteína. Vale. Después le pidió que le escribiese durante una semana absolutamente todo lo que ingería, incluidos vasos de agua, cafés e infusiones. 

Lo primero que “le quitó” fue el café. Y eso lo sufrí yo. Ya no era solo aguantarle con un carácter de mierda porque le faltaba su dosis de café (pasó de entre 4-6 al día a 0), sino que me juzgaba cuando era yo la que se tomaba uno porque “eso es malísimo, retienes líquidos, descansas mal y altera tus ritmos circadianos”. 

Después le indicó todas las variaciones que tenía que tener su dieta para llegar a las proteínas diarias necesarias para bajar de peso. Sí, el continuó bajando de peso, pero se quejaba si en alguna comida había proteína de menos o aceite de más. Al final corté por lo sano y le dije que para evitar mayores problemas, su comida se la haría él solito. 

Cada semana continuaba anotando todo lo que comía. Económicamente somos una pareja normal, ni nos sobra ni nos falta, por lo que muchas veces se come merluza congelada y no salmón fresco. Eso al coach no le parecía bien. Le puso un ultimátum a mi marido: o compras productos frescos, o te suplementas.

Y no eran suplementos de Amazon, eran suplementos que el vendía como comercial de una marca. Mi marido llegó a tomarse con el desayuno 6 pastillitas diferentes: 

– Ashwagandha: para reducir el cortisol. 

– Omega3: porque no consumía suficiente pescado azul a la semana. – Vinagre de manzana en cápsulas: para evitar los picos de glucosa. – Zinc: para ayudar con el metabolismo. 

– Garcinia: para controlar el apetito. 

– Cetonas: para quemar grasa. 

A día de hoy me se el repertorio de memoria. Intenté que comprendiese que le salía mucho mejor comer bien que andar con suplementos, pero “El Entrenador” era lo que le había recomendado y yo no sabía de eso… 

Es cierto que continuó bajando de peso, aunque su cara mostraba más cansancio del que él podía admitir. 

Llegó el verano y, aunque él siempre cogía un moreno marroquí muy pronto, su tono de piel estaba más cerca del amarillo que del moreno tostadito. Le obligué a hacerse un chequeo. No quería, pero como a “El Entrenador” le parecía bien, acabó aceptando. 

Hepatitis tóxica y lesión renal. 

Él no podía creerlo, yo me negaba a aceptarlo. Llamó llorando a “El Entrenador” y éste le contestó que era mejor que probase suplementos de creatina para aumentar la energía en este momento. 

Desgraciadamente por fin me hizo caso, estaba en una secta de suplementos, y el daño ya estaba hecho. Al menos no llegó al punto de necesitar diálisis porque dejó todo lo que el coach le había mandado. 

Ahora revisa las etiquetas de todo antes de consumirlo y pregunta a su médico si puede consumir un medicamento (por muy natural que sea) y si puede mezclarlo con otros.