Conseguí entrar de profe de inglés en un cole del Opus Dei, solo de chicas, echándole cuento y fingiendo ser quien no era, como se entra a la mitad de los trabajos de una vida.
Ni siquiera estoy bautizada, y mucho menos comulgada, pero me inventé una doble vida y eso requería quitarme algún piercing y cubrir algún que otro tatuaje (no sé si habéis probado algún corrector de tattoos, pero hay algunos milagrosos).
Transformaba mi apariencia de lunes a viernes y los findes volvía a ser yo, con una imagen prácticamente irreconciliable con la que tenía para trabajar. Total, esa parte era la que menos me importaba.
Lo peor era tener que callarme cuando tenía que escuchar, de la boca de personas (mujeres) que se dedicaban a educar a otras futuras mujeres, cosas que atentaban contra la libertad de las personas: comentarios que relacionaban el mundo LGTBIQ+ con la pederastia, hablar de la promiscuidad y del sexo antes del matrimonio como si se tratara de un delito capital… En fin, prefiero ni recordarlo.

Vale que era un trabajo de paso, como tantos otros que había tenido en tantos otros sitios que en principio tenían condiciones mucho peores, pero donde jamás tuve que morderme la lengua hasta hacerme sangre. He trabajado en cadenas de comida rápida con horarios imposibles y eso me costaba menos que sentirme dentro de una organización que no respeta a la que yo considero mi gente.
Mi contrato era de sustitución por baja por maternidad, y la chica a la que yo sustituía debía de ser el modelo a seguir, según todas ellas. Tenía 25 años e iba por su segundo hijo, católica, apostólica y romana, perlas en las orejas y la cara lavada. Eso sí, a juzgar por el percal que me había dejado en clase, muy trabajadora no debía de ser.
El caso es que yo odiaba a todo el mundo allí. A algunas niñas, a las pobres que se dedicaban a repetir lo que les habían enseñado, qué culpa tendrían ellas, también las odiaba.
Iba aguantando porque la promesa final era un finiquito y un paro con el que yo contaba para seguir adelante con mis cosas y mis proyectos, pero cuando llegaba el finde cada vez me desfogaba con más ganas.
En una de estas, un sábado de cena de la asociación de mujeres de mi barrio, me enganché un ciego pero trifásico; de esos que no sabes dónde estás pero estás feliz, flotando, agustísimo y no queriendo que se acabe nunca. Pues en estas fui a cruzarme con la directora del centro donde trabajaba, que era para mí la peor de todas.
Ella iba a su rollo, con el que parecía su marido y dos parejas más, todo con la misma pinta de pijos, mojigatos, estirados. No me iba a ver, y mucho menos me iba a reconocer. Lo que pasa es que yo me vine arriba.

De lo que soy capaz de recordar, creo que fui acercándome hacia ella y su grupo bailando estilo no sé, ranchera o algo así, y la agarré y empecé a bailar con ella, a dar vueltas, y noté el momento en el que ella se daba cuenta de quién era yo. Entonces, la señora fue hasta simpática, o sea, que podía haberse quedado todo ahí, en una experiencia bochornosa y punto, pero no.
Me dirigí a ella, a todo su grupo, y les lancé una disertación acerca de la hipocresía del Opus y de la iglesia en general, que condenaban lo que no tenían que condenar y viceversa, que se las daban de que seguían el ejemplo de Jesús y nada más lejos de la realidad, que Jesús no estaría nada orgulloso de la iglesia hoy en día… Cogí a una de mis compis de la asociación (puede ser que fuera más de una) y se la puse delante diciéndole que era lesbiana y que le dijera a la cara a una lesbiana que lo que hacía ella no era aceptable, que era menos por ser lesbiana. Otra amiga se dedicó a grabar parte de la movida, por eso sé qué dije exactamente, porque yo no lo recordaría, iba bien pedo.
Ni la directora ni ninguno de sus acompañantes dijeron ni una sola palabra. El domingo casi muero cuando empecé a recordar y cuando me pasaron el vídeo. En realidad no dije nada que no pensara, pero sí que estaba en un estado bastante vergonzoso, y desde luego que sabía seguro que me había quedado sin curro. Así que le eché valor y el lunes fui directa al despacho de la directora.
No hicieron falta palabras: entré y le dije “recojo mis cosas, ¿verdad?” y ella me dijo “sí, gracias”.
Texto anónimo reescrito por una colaboradora.