La vida de Juanma nunca ha sido fácil. Desde los cinco años tuvo que sufrir los malos tratos de su padre, que le culpaba de la muerte de su madre. La pobre mujer se había quitado la vida a causa de una severa depresión posparto que arrastró durante mucho tiempo y que su marido había decidido que era mejor ignorar.

Mi mejor amigo fue creciendo entre puñetazos y visitas al hospital, hasta que una de aquellas palizas fue tan grave que los servicios sociales le separaron de su padre y fue a parar a una casa de acogida.

Tenía diez años cuando la persona que, supuestamente, tenía que velar por su seguridad y su bienestar empezó a propasarse con él. Pasaron meses hasta que Juanma tuvo el valor de contárselo a una profesora. Fue poco después cuando le conocí.

Cuando mi mejor amigo llevaba años sufriendo barbaridades, una familia supo de su caso y le adoptó. El destino quiso que esa familia fuera un matrimonio de mi mismo edificio. Así fue como nos conocimos y cómo, nada más vernos, nos hicimos los mejores colegas del mundo.

Yo no supe de esta historia hasta muchos años después, cuando Juanma me lo contó una tarde en la que estábamos especialmente parlanchines a consecuencia de un cigarro de la risa. Yo había fumado una o dos veces en toda mi vida, pero él consumía a diario estas y otras sustancias. Lo que había empezado con un pitillo a los catorce se había convertido en consumo de drogas más duras de forma esporádica… hasta que dejó de ser algo puntual para pasar a ser una necesidad diaria.

Cuando le pregunté por qué lo hacía, me dijo que era la única forma que había encontrado de no pensar y de escapar de todo lo que le habían hecho sufrir. En aquel momento se sinceró conmigo y, aunque nunca he sido firme defensora de las drogas, tampoco podía asegurar que, de haberme visto en su piel, no las hubiera consumido por el simple hecho de evadir el dolor.

A pesar de que no podía culpar a Juanma por haber elegido esa vía de escape, no quería que mi mejor amigo se viera envuelto en adicciones de las que después no fuera capaz de salir. Hablé con él mil veces e intenté de todas las maneras posibles que me acompañara a visitar a una psicóloga, pero mis intentos fueron en vano. Lejos de escucharme, fue hundiéndose cada vez más en el fango.

Cuando nos contó que había oído que, en una casa de campo, el colega de un colega hacía ceremonias y retiros de ayahuasca, nos llevamos las manos a la cabeza. Para quien no lo sepa, esta planta tiene potentes efectos psicoactivos, además de producir alucinaciones y pérdida de contacto con la realidad. Intentó tranquilizarnos, asegurando que muchas personas utilizan estos rituales como una cura espiritual a fin de tratar sus traumas y conflictos internos, de conectar consigo mismos y no con el objetivo de divertirse.

La verdad es que todos pensamos que aquel rollo pseudoterapéutico y los supuestos poderes de sanación de la ayahuasca no eran más que humo. Pero cuando volvió de aquella ceremonia, Juanma era otra persona.

Nos contó cómo el chamán le había dado, junto a otros participantes, la primera toma del brebaje, que resultó ser una purga física y espiritual bastante desagradable, con vómitos y dolor de estómago. No fue hasta la segunda toma que Juanma dijo experimentar un viaje en el que abandonaba su cuerpo para rememorar un sinfín de momentos traumáticos de su vida: los golpes, los abusos, el rostro de su madre…

Durante aquellas alucinaciones, dijo sentirse totalmente inmóvil mientras una serpiente le trepaba desde la pierna hasta llegar a su nariz, donde se colaba para comerse su cerebro. Nos aseguró que aquella serpiente era una representación de las drogas que durante años había estado tomando y que aquella experiencia, aunque desagradable, había sido increíblemente sanadora.

Mientras narraba sus vivencias, todos le mirábamos con la boca abierta, sin saber muy bien qué decir ni cómo tomarnos aquello. Había pasado una semana desde entonces y Juanma no había vuelto a sentir ganas de consumir absolutamente nada.

En cierto modo, lo achacamos al miedo, pero, pasados unos meses, tuvimos que cerrar la boca. Nuestro colega no volvió a consumir más después de años metiéndose de todo a diario. Desconozco si aquel cambio en su estilo de vida se debió a una casualidad, al miedo o a que, en efecto, aquella ceremonia de la que tanto nos habíamos reído en un principio, había funcionado.

A día de hoy, Juanma sigue sin probar siquiera una gota de alcohol y, aunque nadie ha podido liberarle de sus fantasmas todavía, ha decidido tomar caminos menos destructivos de la mano de un psicólogo.

Anónimo

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